Mariposas-nocturnas-4

Don Jaime y Doña Rosario, propietarios de la Hacienda “La Honda”, se retiraron a la casa grande después de brindar con sus jornaleros. Junto las caballerizas, apoyado en el cercado bebiendo un vaso de ron, a Ramón no le pasó desapercibida la mirada conminatoria que su tío Jaime le había lanzado a «su mulata Dámaris».

Alrededor de la hoguera, los trabajadores celebraban el final de la “Zafra”. Aquel año, la caña de azúcar, recolectada en su mejor momento de madurez, había dado una cosecha magnífica.

La calidez de la noche era como el aliento de un amante…

Dámaris bailaba, junto al fuego, al ritmo de los bongos y el rasgueo de las guitarras. Los hombres la jaleaban; las mujeres la miraban envidiando su belleza animal y salvaje. La mulata, acompasando sus movimientos a la cadencia de la música, cimbreaba el cuerpo, reía y su boca parecía pedir a gritos ser besada, la falda revoleaba mostrando la rotundidad de sus muslos, la blusa se le pegaba al cuerpo, el pelo a la cara, la piel le brillaba perlada de sudor. Algunas voces protestaron cuando dejó de bailar y se alejó, contoneando las caderas, de la lumbre. Al pasar junto a Ramón, lo miró cómplice con la sonrisa burlona en los labios. Despacio, se encaminó hacia los arboles y desapareció en las espesura. Ramón esperó un tiempo prudencial antes de seguirla. El sendero estaba apenas iluminado por las manchas de luz que lograban atravesar el ramaje. El sonido de la música se fue acallando y en la quietud de la noche tan solo se escuchaba el crujir de las hojarasca aplastada por sus pies, el zumbar de los insectos, el grito de algún animal llamándose. El también acudía a una llamada. Acudía con el corazón desbocado y el deseo hormigueando en cada poro de su piel.

Dámaris esperaba en el claro, junto a la charca, recostada en el tronco de una Ceiba centenaria. Las mariposas nocturnas revoloteaban a su alrededor como adorándola. Rió con un sonido de pájaro, su piel canela moteada por la luz de la luna.

−Ven, Ramón- Susurro excitada −ven conmigo…

El se acerco. La aprisionó con sus brazos y se apretó a su cuerpo con deseo. Olía a tierra, a musgo, a lumbre…

−Dámaris…

−Shhhh, no digas nada.

Acallaron las palabras con sus bocas. Se mordisquearon los labios. Sus lenguas se encontraron, se reconocieron…Los besos eran dulces como el agua de coco.

Ella agarró su mano y la condujo, ansiosa, entre sus muslos. Su sexo estaba húmedo, caliente. Los dedos penetraron, expertos, aquella cueva suave hurgando en cada recoveco, activando los puntos de placer. Ramón se llevo la mano a la nariz y se impregnó de su aroma. La miró a los ojos con la respiración entrecortada mientras lamia, goloso, cada uno de los dedos deleitándose con su sabor salino. Ella le desabrochó los pantalones y le saco la verga dolorosamente dura.

− ¡Cógeme!−dijo adelantando sus caderas como una ofrenda.

El la penetró y sintió que se perdía dentro de ella.

Sus cuerpos se acompasaron en un ritmo frenético. Cuando Dámaris intuyó que Ramón iba a explotar, le dijo.

−No lo hagas dentro. Si me preñas, tu tío me matará…

El se vació sobre su vientre, una eyaculación potente que resbaló por su piel hacía el vello áspero y abundante del pubis.

Exhausto y saciado Ramón le besó el pelo, la nariz, le acarició la cara.

−Te amo, Dámaris…

Ella selló sus labios con un dedo y le miró con la sabiduría ancestral de su raza.

−Shhh. Calla… Si malgasta tu amor en mi, después tendrás que malgastar también tu pena.

 

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s