La-cigarrera

 

Cuento rescatado del fondo del cajón.

Era un día soleado de domingo. Una mañana todavía fresca de principios de abril. Los árboles lucían, orgullosos, sus hojas nuevas; las ramas cuajadas de brotes verdes y brillantes. Los pájaros revoloteaban y saltaban de una rama a otra entre medio del follaje y se llamaban con sus trinos, contentos.

La gente paseaba entre los puesto de viejo del mercado de Los Encantes: Matrimonios con niños; parejas de enamorados hablándose al oído; hombres solos con un diario bajo el brazo; algún que otro soldado con el petate a la espalda. Todos miraban, se paraban en un puesto y cogían, ahora una figurilla de porcelana, ahora una cajita de conchas, ahora una pitillera que parecía de plata. Miraban y remiraban comprobando su estado. Preguntaban precios, regateaban, unos compraban y otros volvían a dejar los objetos en su sitio y seguían paseando entre aquel bullicio festivo del mercado impregnado por el olor del tocino frito que se escapaba desde el bar que había en una de las esquinas.

Una mujer miraba una pitillera de plata y al conocer su precio, la dejó caer bruscamente y se alejó caminando entre los puestos.

—Perdona el atropello—le dijo la pitillera a una navaja con la empuñadura cuarteada de un nácar todavía brillante— no ha sido mi intención caerte encima. Esta gente de hoy en día no tiene respeto ni educación. Desconoce las buenas formas.

— ¡Qué gran verdad!, eso que dices—le contestó la navaja con un pequeño chirrido de dolor— Antes, la gente apreciaba los objetos y nos daba nuestro sitio. Ahora, en cambio, el afán consumista los devora y dejamos de ser deseados apenas nos consiguen. No te había visto antes. ¿Eres nueva, no?

— ¡Gracias por el piropo! Nueva, nueva, la verdad es que no soy. Ya tengo mis años, pero sí que es la primera vez que me veo aquí expuesta. Se agradece este aire fresco y la caricia tibia del sol. No sé cuantos años me he pasado dentro del bolsillo de una chaqueta de ceremonia colgada en un armario de la habitación de los trastos. Sola allí con mis recuerdos, sin nadie con quien hablar. Ha sido un alivio que este señor —dijo señalando al tendero— llegara un día y me liberara de esa prisión !Y aquí estoy ¡No sé ni en qué día vivo…! Lo veo todo tan diferente. En mis tiempos una señora no salía a la calle sin sombrero y, por supuesto, no enseñaban las piernas con esta desvergüenza que veo en las jovencitas que pasan ¡Qué vulgares parecen! ¡Qué falta de decoro! Quizás te parezca algo conservadora y, lo soy, pero no te confundas, también he visto lo mío. No soy ninguna beata.

—Se te ve muy elegante con esas letras finamente grabadas en la tapa.

R.R., las iníciales de mi dueño. Ramón Rius se llamaba. Era todo un señor, con sus luces y sus sombras, no creas. Recuerdo que siempre decía «No dejes que tu mano derecha sepa lo que hace la izquierda» y lo seguía al pie de la letra. Durante el día era un hombre tranquilo y trabajador, amante de la familia, con un comportamiento irreprochable. Fui testigo mudo de su vida: asistí a los bautizos, a los casamientos y a los entierros. Agasajé a sus socios en la firma de grandes contratos y transacciones comerciales. Disfruté de infinidad de conciertos en el Liceo en compañía de su esposa, Doña Eulalia, una gran señora que adoraba la música. Pasé con él afables tardes de tertulia y en la biblioteca acompañándolo en sus lecturas, pero por las noches… Ay, por las noches… Algunas las pasábamos recorriendo los teatros del Paralelo detrás de alguna falda !Le volvían loco las coristas! Alternábamos en elegantes bares con mujeres extravagantes, demasiado maquilladas y un poco vulgares para mi gusto, que le sacaban el dinero sin que pareciera importarle. Era generoso, el señor Rius, muy generoso a la hora de abrir la billetera. Casi siempre acababa las noches sobre la mesilla de una habitación de hotel, junto su cartera y las llaves, oliendo el perfume dulce de aquellas mujeres. Cerraba los ojos e intentaba no ver lo que allí pasaba. Siempre fui muy discreta.

Una mañana, el señor Rius no se levantó de la cama. En la oscuridad del bolsillo sentí gritos, gente corriendo llamando a un médico, lloros. No se pudo hacer nada por él, estaba muerto. Sentí tanta pena por la señora Eulalia. Al menos le quedó el consuelo de que se marchó mientras dormía, sin sufrir, en una muerte dulce. Cuando se fue al cielo, o al infierno, eso solo Dios lo sabe, también para mí se acabó todo.

¿Pero, y tú, como ha sido tu vida? Perdona pero es que soy una parlanchina incorregible y hacía tanto tiempo que no hablaba con nadie. Háblame de ti. Seguro que has tenido una vida la mar de interesante.

—Interesante y dura—dijo la navaja removiendo en sus recuerdos. Hubo momentos en que me sacudió con fuerza y me mostró lo peor del ser humano con toda su crudeza. Los primeros recuerdos que conservo son de estar expuesta en el escaparate de una tienda, una cuchillería bajos los arcos de Las Siete Puertas, cerca de la Estación de Francia. Allí lucía con mi empuñadura de nácar brillante y mis herramientas desplegadas en abanico. Soy una navaja que sirve para muchas cosas: Llevo cuchara, abrelatas, abrecartas, punzón, tijeras y tornaviz. Ya ves, más eficaz imposible. La gente se paraba a admirarme sin acabar de decidirse hasta que un día se plantó en el escaparate un hombre, con un uniforme azul ,y cuando me vio entró decidido a comprarme. Era el maquinista del tren que hacía el trayecto Barcelona-Sabadell. Su mujer tenía un campo de claveles a la orilla de la vía y cada vez que pasábamos al lado el hombre hacía sonar el silbato, echaba humo por la chimenea y sacaba la mano para saludarla. La mujer le decía adiós de pie junto a la carreta donde cargaba los floridos manojos atados con un cordel. El hijo apenas levantaba un momento la vista de las flores. Aburrido como estaba de aquel ritual diario, rápidamente seguía con su faena de cortar los tallos. Era un chico muy concienzudo. El maquinista acabó volviéndose loco. Comenzó a decir que una mujer se le aparecía en una curva, plantada en medio de la vía y, como no hacía ninguna intención de apartarse, lo obligaba a frenar bruscamente la máquina. No sé si decía la verdad o era alucinaciones suyas. Ni yo, ni nadie conseguimos verla nunca… El caso es que después de que se repitiera la aparición de forma reiterada y de las numerosas quejas de los pasajeros, que acababan magullados y malheridos, la compañía ferroviaria tomó cartas en el asunto y lo puso de patitas en la calle. Su mal acabó agravándose y tuvo que ser ingresado en el manicomio de Sant Boi. Nunca volví a verlo. Pasé a las manos de su hijo Pedro y con él trabajé durante mucho tiempo cortando limpiamente los tallos tiernos de los claveles. Aún hoy creo percibir en las hojas de mis tijeras rastros del embriagador aroma del clavo. Era una buena vida, no tenía queja, pero entonces estalló la guerra y a mi Pedro se le metió la idea de que quería ir. Se empeñó tanto en ello que no hubo forma de disuadirlo. Cargando con un petate, conmigo en los bolsillos del pantalón, caminamos sin rumbo fijo buscando el frente. No puedes imaginarte todo lo que vimos, todo lo que hicimos. Podría pasarme días hablándote de ello. He cortado vendas y trapos para limpiar y tapar heridas, he extraído balas y cauterizado heridas con el hierro de mi hoja al rojo vivo. He liberado a soldados de sus ligamentos para que escapasen en busca de la libertad. He cortado comida en trozos idénticos para bocas famélicas y así evitar peleas: Quesos rancios, longanizas con moho y pan negro que parecía carbón. He destripado conejos y pájaros y también he grabados corazones y letras en los árboles, recuerdos de fugaces amores de guerra. He entrevisto fusilamientos de milicianos junto a las tapias de los cementerios y los cuerpos retorcidos enterrados en las cunetas. Estaba cansada, mi mango de nácar roto mostrando sus cicatrices, las hojas romas, dentadas, oxidadas de la humedad y la sangre ¡Cuánta, cuanta guerra cargada a mis espaldas! Cuando Pedro tuvo suficiente volvimos para casa. En nuestra ausencia, la madre había muerto y el padre también. El campo de claveles se había secado, tan solo quedaban algunos tallos resecos. La casa estaba medio caída, con el techo vencido y las paredes quemadas con impactos de bala. El tío de Pedro, que era relojero, lo acogió en su casa y le dio trabajo de aprendiz en su taller. Dejé de ser útil y acabé, rechazada, en el fondo de un cajón donde solo había cuerdas, pinzas de tender la ropa y dos estampillas arrugadas de santos, una de San Bartolomé con el brazo alzado agarrando el cuchillo y otra de Santa Rita con la espina en la frente goteando sangre. Podía entrever un poco de vida a través de una grieta en la madera, por donde apenas se colaba una raya de luz. En esa santa compañía he pasado los últimos años hasta que apareció este buen hombre dispuesto a darme una nueva oportunidad, como a ti. Por cierto, parece que comienza a recoger. Debe acercarse la hora de comer. Que rápido se me ha pasado la mañana en tu compañía…

—Sí, yo también he disfrutado de este encuentro. Espero que haya más ocasiones de conocernos. Ha sido un placer hablar contigo.

—Lo mismo digo. Que vaya bien…

Los vendedores comenzaron a recoger las mercaderías. El bullicio del mercado se fue apagando, poco a poco, a medida que el recinto se iba vaciando y las paradas echaban el cierre. Tan solo quedaron las voces airadas de los operarios de la limpieza barriendo y regando la tierra.

— ¿Qué es esto—dijo uno de ellos. Un chico con el pelo rubio y la cara llena de pecas, los ojos grandes y soñadores, agachándose a recoger el objeto que brillaba, medio envuelto, entre los papeles y los deshechos.

— ¡Una navaja!—La miró y la sopeso en la mano. La frotó en su pierna y guardándola en el bolsillo continuó barriendo feliz.

 

 

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