-Rodoreda-4[1]

Cuento de Mercè Rodoreda del libro “la meva Cristina i altres contes”

Me pesa hacerle abrir la puerta cuando acababa de cerrar, pero es que su mercería es la única que me coge de paso al salir de la obra. Ya hace unos cuantos días que miro el esca­parate… Dará risa el que un hombre de mi edad, sucio de cemento y cansado de trajinar por los andamios… Permítame que me seque el sudor del cuello; el polvo del cemento se me mete en las grietas de la piel y con el sudor me escue­cen. Bueno, yo quería… En su escaparate hay de todo menos de lo que yo quisiera…, pero quizá no lo tiene usted puesto porque no está bonito ponerlo. Tiene usted collares, alfileres, hilos de todas clases. Se nota que esto de los hilos es una cosa que a las mujeres las vuelve locas… Cuando era pequeño anda­ba en el canasto de la costura de mi madre y ensartaba los ovillos en una aguja de hacer punto y me entretenía dán­doles vueltas. Da risa el que un grandullón como yo era se divirtiese de esa manera, pero, ya se sabe, cosas de la vida. Hoy es el día de mi mujer y seguro que se cree que no voy a rega­larle nada, que no me acuerdo. Lo que yo quisiera, en las mer­cerías a veces lo tienen dentro de unas cajas grandes de car­tón… ¿Qué le parece a usted si le regalase un collarcito? Pero no; no le gustan. Cuando nos casamos le compré uno con las cuentas de cristal color vino de Málaga; le pregunté si le gustaba y me dijo; sí, me gusta mucho. Pero no se lo puso ni una sola vez. Y cuando le preguntaba, de vez en cuando para no cansarla: ¿no te pones el collar?, decía que era de mucho ves­tir para ella, y que si se lo ponía le parecía que parecía una vitrina. Y no hubo manera, no señor, de sacarla de ahí. Rafae­lito, nuestro primer nieto, que nació con un montón de pelos y seis dedos en cada pie, utilizó el collar para jugar a las cani­cas. Bueno, veo que la estoy entreteniendo, pero es que hay cosas difíciles para un hombre. A mí, mándeme usted a com­prar lo que sea de cosas de comer, no soy de esos a los que avergüenza ir con el cesto; al contrario, me gusta escoger la carne; el carnicero y yo somos amigos desde el nacimiento; y también escoger el pescado. La pescadera, bueno, sus padres, ya le vendían pescado a los míos. Pero cuando se trata de com­prar cosas que no sean de comer… ya me tiene usted más per­dido que un mochuelo en pleno día. Aconséjeme usted. ¿Qué cree usted que puedo regalarle?.. ¿Dos docenas de ovillas de hilo?… De diferentes colores, pero sobre todo blanco y negro, que son los colores que siempre hacen falta. A lo mejor le acertaba el gusto, pero ¡vaya usted a saber! A lo mejor me los tiraba a la cabeza. Según como esté; a veces, si está de mal humor, me trata como si fuese un chiquillo… Después de treinta años de matrimonio, un hombre y una mujer… La cul­pa de todo la tiene el exceso de confianza. Yo siempre lo digo. Pero, claro, tanto sueño dormido junto, tantas muertes, tan­tos nacimientos y tanto pan nuestro de cada día… ¿Y unas cuantas piezas de cintas? No, claro que no… ¿Un cuello de ganchillo?… A ver, un cuello de ganchillo. Me parece que nos vamos acercando…, un cuello de ganchillo. Ella tuvo uno de rosas, con capullos y hojas. Sólo te faltan las espinas, le decía yo para reírme siempre que se lo cosía a un vestido. Pero ahora ya apenas se arregla, sólo vive para la casa. Es una mujer de su casa. Si viese usted cómo lo tiene todo de brillante… Las copas del aparador, ¡madre mía!, creo que las limpia tres veces al día, y con un paño de hilo. Las coge de una manera que parece que no las toca, las pone todas encima de la mesa, y dale que te pego, venga darle vueltas al paño por dentro. Y luego vuelve a ponerlas en su sitio, unas junto a otras, como si fuesen soldados con un gorro muy grande. ¡Y el culo de las cacerolas!… No parece sino que la comida en lugar de cocer­la dentro tuviera que cocerla fuera… En casa todo huele a limpio. ¿Qué se cree usted que hago yo en cuanto llego? ¿Coger el periódico o escuchar el parte?… Sí, sí; ya me encon­traré preparado un baño de agua soleada en la galería; me obliga a enjabonarme de la cabeza a los pies y ella misma me enjuaga con una regadera. Ha hecho una cortina a la medi­da, de rayas verdes y blancas, para que los vecinos no me vean. Y en invierno tengo que lavarme en la cocina. Y el trabajo que le queda luego, recogiendo el agua que se derrama por el suelo. Y si llevo el pelo un poco largo, me riñe. Y todas las semanas ella misma me corta las uñas… Bueno, sí, esto que hablábamos del cuello de ganchillo, pues no sé… ¿Y unas madejas de lana para un jersey?… Claro que no sé las que necesitaría…Y también comprar lana con este calor y rega­larle una cosa que le dará más trabajo… Permítame que lea lo que dice que hay dentro de las cajas. Botones dorados, boto­nes de plata, botones de hueso, botones mate. Encajes de boli­llo. Camisetas para niño. Calcetines de fantasía. Patrones. Pei­nes. Mantillas. Ya, ya veo que tendré que decidirme porque si no me decido usted terminará por echarme a empujo­nes. Bueno, ahora que ya hemos hablado un rato y que he cogido un poco más de confianza, ¿sabe usted lo que de verdad de verdad me gustaría? Unos calzones de señora… lar­guitas. Con una puntilla rizada abajo que haga como un volante y una cinta antes del volante pasada por los agujeros con las puntas atadas en un lazo. ¿Tiene usted?… Y tanto que me ha costado decírselo. Se volverá loca de alegría. Se los pondré encima de la cama sin que se dé cuenta y se pegará la gran sorpresa. Le diré: ve a cambiar las sábanas, y se extra­ñará mucho; irá a cambiarlas y se encontrará con los calzo­nes. ¡Ay!, se le ha atascado la tapa. Estas cajas tan grandes son dificultosas para abrir y cerrar. Ya está. Tanto sufrir por nada. Los que me gustan son estos que tienen la puntilla más rizada porque parecen como de espuma… La cinta, ¿azul? No, no. El rosa es más alegre. ¿No se le romperán enseguida, ver­dad?.. Como es tan hacendosa y no se está un momento quie­ta…, por lo menos que estén reforzados. A mí me parece que son fuertes, y si además usted lo dice…Y el tejido, ¿es de algo­dón? Parecen bien hechos. Ya se fijará ella, ya. Y no se lo calla­rá, no. Me gustan, dirá. Y basta. Porque es de pocas palabras, pero dice todas las necesarias. ¿De qué medida?.. Madre mía, ahora sí que estoy perdido. A ver, extiéndalos… Ella, ¿sabe usted?, está redonda como una calabacita. Por el pernil necesita por lo menos lo que tienen de cintura. ¿Y dice usted que ésta es la medida mayor que tiene? Si parecen de muñeca. Cuando tenía veinte años le hubieran sentado como un guante…, pero nos hemos hecho viejos. Claro, ¿qué le va usted a hacer? Tam­poco yo puedo hacer nada. Lo que pasa es que no veo ningu­na otra cosa que pueda gustarle. Ella siempre ha querido cosas que sirvan Y ahora, ¿qué hago?, dígame. No voy a presentarme con las manos vacías. Como no sea que compre algo en la pas­telería de la esquina… Pero, claro, no es eso. Un hombre que tra­baja tiene tan poco tiempo para las cosas de cumplido…

 

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