Moscú. Otoño de 1936.

 Masha terminó de perfilarse los labios y se miró en el espejo. La piel le brillaba como si fuera de porcelana bajo la luz azulada. El vestido rojo, escotado, le apretaba un poco en las caderas pero se ajustaba a su cuerpo como un guante. Se atusó  el espeso pelo rubio con los dedos, se había hecho un  recogido alto, refinado, que enmarcaba sus rasgos bellos y armoniosos. Tan solo sus ojos de un azul helado, determinante, parecían extrañamente fuera de lugar. Distorsionaban con su dureza aquella imagen tan cuidadosamente preparada.

La nostalgia de su familia la seguía corroyendo. Hacía que siguiera rascandose los brazos y la parte interna de los muslos hasta hacerse sangre, que se apretara las sienes con saña para exorcizar el dolor. Le secaba la boca, la ahogaba.

El día que llegó a sus manos el expediente y vio la foto, su gris existencia de funcionaria en el registro civil dio un vuelco radical. Desde ese momento su único propósito fue encontrarlo y cumplir con la promesa que se hizo en otra vida. Acercarse a él, seducirlo, resultó tan fácil que hasta parecía ridículo.

Había ido capeando los embistes del hombre como pudo hasta que la ocasión se  presentó cuando su superior, aquejado de una enfermedad reumática, fue a tomar las aguas termales a un elegante balneario en Sochi y le dejó las llaves de su apartamento. El piso, con cochera incluida,  era el único habitado en un edificio aún sin terminar. Eso le permitía moverse con cierta libertad. Sabía que en el lugar menos esperado podía haber alguien espiando, informando de todos sus movimientos. Incluso entre los pocos amigos que tenía podía haber gente delatora.

Miró el reloj, ya no tardaría. Echó un último vistazo a la cochera que, a través de una puerta, comunicaba directamente con la vivienda y comprobó que todo estuviera en su lugar. Luego cogió de la cocina la botella de vino, la agitó  y observó su contenido a contraluz. La dejó sobre la mesa, rectificó la posición de algún cubierto y observó  satisfecha el resultado. Entonces llamaron a la puerta. Ya no había vuelta atrás, estaba a punto de suceder.

En algún lugar del la Región del Volga. Invierno de 1921.

A principios de año el ejército rojo se había llevado detenidos a todos los Kulaks contrarios a la colectivización. Los soldados arrasaron la aldea, se incautaron las reservas de grano, los animales y toda la comida que encontraron.

Durante la primavera,  familias enteras fueron abandonando el pueblo con dirección incierta en busca de comida. Tan solo quedaron aquellos que habían logrado ocultar provisiones o los que, como el padre de Masha, creían que la ayuda prometida llagaría a tiempo para salvarlos antes de las nieves del invierno.

Pero tras un verano tórrido y reseco, las cosechas estaban ya perdidas cuando las primeras lluvias comenzaron a caer y octubre marcó el comienzo de un invierno temprano. No quedaban animales que sacrificar. Los perros y  los gatos, habían desaparecido hacía tiempo. Entonces empezaron a cazarse ratones y ratas. La gente  escarbaba  la tierra en busca de gusanos y raíces, masticaba la corteza de los árboles y se comía la hierba. Los más débiles, los ancianos y los niños,  enfermaron y comenzaron a morir. Luego llegó la helada, treinta grados bajo cero sin apenas madera para calentar los flacos huesos que asomaban por debajo de la piel agrietada. Con las primeras nieves pareció que el tiempo se detenía. Los niños ya no  jugaban en las calles. Los caminos quedaron enterrados por un manto blanco apenas transitado. La única señal de vida eran las espirales de humo que surgían de algunas chimeneas.

Los días se tornaron tan silenciosos  como las noches. La gente permanecía encerrada en sus casas. Apenas  hablaban, apenas se miraban los unos a los otros. Cuando alguien moría,  todos pensaban que  serian los próximos. Intentaban aguantar, guardar fuerzas, sobrevivir.

Entonces empezaron a escucharse historias sobre personas  que desenterraban los cadáveres congelados para comérselos. La desconfianza se alojo en la comunidad. Se recelaba de los que estaban sanos. ¿Por qué unos estaban sanos cuando los demás estaban famélicos y enfermos? Era como si seguir con vida fuera un crimen.

El delicioso olor de un borscht de patata que borboteaba en la lumbre hacia que el estómago de Masha rugiera. Intentaba matar la impaciencia y el hambre mirando, a través de la ventana, como la luz de la tarde agonizaba ya entre los árboles y cubría de sombras el camino. Su padre  tallaba una figurilla de madera junto a la chimenea; su madre consolaba a la pequeña Nadya a la que le estaban saliendo los dientes de leche. La inquietud de su estomago era una tortura. Decidió salir a buscar un poco de leña para avivar la lumbre.

Estaba en el cobertizo cuando una confusión de voces, de golpes y de gritos rompió la calma quebradiza de la tarde. El sonido de un disparo le heló la sangre. Asustada, corrió hacia la casa. La puerta estaba abierta. Vio a su madre tirada en el suelo con la espalda recostada contra la pared en una postura aberrante. Tenía los labios reventados, la sangre le corría por la mandíbula y le manchaba de rojo el vestido. Un hombre desconocido, un intruso, agarraba a Nadya por la nuca y la alzaba del suelo como si levantara por la piel del morrillo a un perro. Masha gritó. No pudo retener en la garganta aquel grito que parecía venir de muy lejos, de alguien que no era ella, con una voz que no era la suya. El hombre  la miro. El terror la  estremeció al sentir la negra tiniebla de aquellos ojos. Vio que le faltaba una oreja y que una fea cicatriz le cruzaba la cara desde la frente hasta la mejilla. Sus miradas apenas se encontraron durante un segundo, suficiente para que Masha no pudiera olvidar aquel rostro jamás. Echó a correr despavorida hacia la oscuridad helada y silenciosa. Corrió sin mirar atrás hasta que no pudo más y se desplomó sobre el suelo húmedo.

Cuando volvió, su padre yacía muerto sobre un charco de sangre. Su madre sollozaba y gemía en un murmullo, apenas con un hilo de voz. La sopa abandonada y fría reposaba sobre los rescoldos apagados. No había rastro de Nadya.

Masah se dejó caer junto a su madre y la acunó en su regazo. Lloró hasta que ya no le quedaron lágrimas. Lloró y rezó por su padre muerto, por el destino fatídico de Nadya, por su madre que no respondía a estímulos, que permanecía muda, con la mirada vacía atrapada en una pesadilla de la que no podía salir. Rezó sobre todo para que Nadya volviera a casa.

Pero sus plegarias no fueron atendidas. No supo de dónde sacó las fuerzas para arrastrar a su padre hasta la cama, para acostarlo y arroparlo como si estuviera dormido; para limpiar las heridas de su madre. Para seguir viviendo con aquel dolor insoportable.

En los días siguientes su cuerpo se llenó de pupas supurantes. Unas pupas que rascaba con saña hasta dejar la herida en carne viva. Sentía que algo poderoso se  iba concentrando en su interior. Una rabia que amenazaba con ahogarla. Volcó muebles, empezó a romperlo todo como una loca hasta que su cuerpo le falló, hasta que le falló el aliento.

Apenas quedaba comida. Unas cuantas patatas entallecidas, unas remolachas arrugadas y resecas. Su madre no había vuelto a hablar, se negaba a comer. La fiebre iba consumiendo lentamente  aquel cuerpo atrapado en el horror. Masha supo que si no hacía algo, ambas morirían.

Estaba en el bosque, escarbando en la nieve en busca de raíces cuando el hombre apareció entre  los árboles pelados. Un hombre harapiento, con el rostro demacrado, los ojos amarillos y  salvajes de una bestia. ¡Quiere comerme! pensó Masha. Reculó hacía atrás aterrada y aferró con fuerza el mango del hacha que siempre llevaba consigo. El hombre se abalanzó, intentó agarrarla. Masha descargó el hacha, con todas sus fuerzas, sobre la cabeza del desconocido.

El sonido la estremeció. La hoja penetró limpiamente en el cráneo, sin apenas resistencia, como si de una sandia madura se tratara. El hombre la miró atónito, incapaz de entender y luego se desplomó sobre la nieve. Masha se acercó con cautela. No respiraba, no se movía. Temblando, rasgó el pantalón hasta dejar su pierna flaca, de un blanco grisáceo desnuda. Apenas tenía consciencia de sí misma cuando empezó a amputarla con el hacha. Unos golpes certeros y la separó del cuerpo. La sangre manaba a borbotones. Sudando hundió un cuchillo en la piel y a través de los cortes, la grasa apareció consistente y del color del maíz amarillo. No olía a nada y siguió  cortando hasta llegar a la carne más profunda.

La grasa chisporroteaba en la lumbre y un olor, delicioso, se extendía por la casa. Masha sentía como sus papilas gustativas despertaban y a pesar de las contradicciones y la pesadumbre que la habitaban empezó a salivar. La carne sabía bien. Parecía cerdo, quizás algo más ácida y fuerte. Intentó una vez más, sin conseguirlo, que su madre comiera. Arropada junto al fuego, su madre estaba ya muy lejos de aquel cuerpo consumido por la fiebre, que era solo  piel, solo  huesos y unos ojos enormes espantados.

«Cuando todo esto haya pasado, da igual cuando y como, te encontraré seas quien seas, y te mataré.»

Su madre murió por la noche sin hacer ruido, Masha colocó el cuerpo en el catre donde yacía su padre y guiada por un sordo instinto de supervivencia, apiló a su alrededor los pocos muebles y madera que encontró. Prendió fuego a aquella pira fúnebre, cogió un hatillo con lo poco que poseía y salió al exterior a observar como las llamas devoraban la cabaña. Luego  echó a andar sin volver la vista atrás. Sin una lágrima, sin entendimiento, sin destino.

Moscú. Otoño de 1936.

El hombre despertó desorientado y desnudo en la oscuridad. La raya de luz que entraba por una puerta entornada apenas le permitía distinguir los contornos de la habitación. Yacía en una camilla atado por el torso y los muslos con cinchas de cuero. Le costaba respirar. La mordaza y la bola que tenia dentro de la boca le impedían articular sonido alguno. Asustado, aún aturdido, intento  liberarse de las correas, pero lo único que consiguió fue que se le clavaran más en la carne. Por encima de su cabeza, una bombilla desnuda se encendió y le deslumbró con una luz fría, casi blanca. Parpadeó, trató de apartar los ojos del estridente cono de luz.

Ella estaba de pie en la puerta. La miró sin poder apartar la mirada de su rostro a pesar de que le costaba trabajo girar la cabeza. Las correas le cortaban la carne en los muslos.

Sudaba cuando ella se acercó lentamente y percibió su olor, él olor familiar de aquella piel que tanto había codiciado. Eso le alarmó, como le alarmó la jeringuilla que vio en su mano. Intentó no dejarse llevar por el pánico.

Trató de decir algo, gimoteó,  presionó con todas sus fuerzas las correas, quiso incorporarse, pero todo esfuerzo resultó inútil. El miedo se adueñó de su cuerpo.

Ella cogió aire, sus labios se abrieron y cerraron como la boca de un pez fuera del agua.

—No sabes por qué estás aquí ¿Verdad? Eres un ciudadano tan honorable, tan leal al estado. Si supieras cuantas veces he soñado  este momento— Recorrió con delicadeza las rugosidades de su oreja amputada, su dedo se deslizó por el surco que le atravesaba la mejilla. — Jamás he podido olvidar tu rostro. Estaba en mis sueños, en mis pesadillas…Toda mi vida me ha conducido hasta aquí. 

Sintió su mano en torno al antebrazo, sus dedos lo palparon buscando una vena.

—Ahora voy a provocarte dolor, mucho dolor. Quiero que sientas lo mismo que sentí yo. Fue un grave error que me dejaras  con vida.

Algo frío e irrevocable  corrió por sus venas paralizándolo. Ella acercó un cuchillo a su pierna y sin titubear lo hundió en la carne hasta que chocó con el hueso. Un dolor lacerante le subió hasta el cerebro y lo sacudió como un rayo. Ella empezó a cortar con mano experta.

—Me gustaría ser capaz de comerte, que tú lo vieras… Pero no tengo estómago. No, ya no… Sospecho que hoy será un buen día para los perros,

El dolor se hizo insoportable. Los contornos de la habitación empezaron a difuminarse. Fue perdiendo la noción del tiempo, la noción de si mismo hasta que finalmente el horror lo engulló y dejó de sentir. Desapareció. 

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