El monstruo ha vuelto. Está ahí, en su cabeza. Apareció como una sensación, el recuerdo de algo dormido, un estímulo que encontró terreno fértil y ha crecido y crecido hasta convertirse en  una obsesión. Lo huele, rezuma a través de su piel su olor animal; lo siente en el sabor metálico de su lengua, en el ritmo agitado de su respiración, en cada músculo, en cada fibra de su cuerpo. Está en todas partes, llena su espacio, lo anula.

« ¡Hazlo! —Grita y nota su cólera. — ¡Hazlo otra vez! ¿Por qué no? ¿No lo deseas?» El instinto despierta, nota la adrenalina y con ella la acuciante necesidad de volver a cazar. «Una vez más, solo una vez.»  Por momentos le parece que está a punto de ceder, de dejarse arrastrar por ese deseo de romper el espíritu y someter el cuerpo, por esa sensación insuperable de poder. Imagina una portería, el hueco discreto detrás del ascensor; un callejón oscuro y solitario; la impunidad de un parque bajo el paraguas protector de los árboles. Sí, lo imagina, puede olerlo….

Pero sabe que si lo hacer será para quedarse en ese lugar para siempre, que tirará por la borda el esfuerzo dedicado a volver a ser persona: el tiempo invertido en recuperar ese tiempo que un día se le fue de las manos, en buscar caras nuevas con las que borrar las viejas.  Sabe que entonces la otra parte, su otro yo, ya no será capaz de vivir. Esta vez no podrá engañar a nadie, no podrá volver a mirar a nadie a los ojos. Su agente de la condicional lo notará por mucho intente disimularlo. Lo verá en su cuerpo tensionado, en sus balbuceos, en el temblor de sus manos y en sus ojos, que arden como si les hubieran prendido fuego.

Qué mentira haber creído que podría curarse, una mentira podrida, un espejismo. Lo lleva grabado en su ADN, en su naturaleza depredadora y voraz. « Nada desaparece,  todo espera su momento para volver.» Siente que apenas le quedan ya fuerzas, que su resistencia está a punto de ceder. Aguarda tan solo el resplandor del rayo y el consiguiente trueno que desate la tormenta.

Golpea las paredes, abre agujeros con los puños ensangrentados.

No, no, no…

Se echa una gabardina sobre el pijama apestoso que no se cambia desde no sabe cuándo. Baja las escaleras de dos en tres, de tres en cinco. Sale a la calle sin saber si huye o corre hacia algo. Choca, como una bola de pinball, contra la gente que llena las aceras: Vampiros, zombis, payasos diabólicos, un bullicio festivo de monstruos. Es  la noche de Halloween, ¡Que paradoja! Él es el mayor monstruo que hay en esas calles. El monstruo entre los monstruos, el único que no necesita disfraz. Siente ganas de reír. « ¿Truco o trato? » Debe elegir. Elige trato.

Oscurece ya cuando se adentra en la playa. La luna es apenas una mancha blanquecina tras las nubes de agua que cubren el cielo. El viento transporta el sonido de voces y risas lejanas.

Ya no queda nada por lo que le merezca la pena luchar. No va a volver a provocar dolor, a destrozar vidas, a llevar la infelicidad enganchada a su sombra.  No puede, no va a  volver a traicionarse a sí mismo.

Se desviste y hace un montón ordenado en la arena con su ropa, tal como le  enseñó su madre cuando era niño. Una opresión en el pecho le ahoga. Piensa en el dolor de su madre, en su hijo, al que no ve desde hace más de diecisiete años. Ambos pertenecen a otra vida, a su vida anterior al horror y la cárcel. Avanza decidido hacia el agua helada. Quiere irse desnudo, librar la batalla con las manos vacías. Las olas rompen contra su piel, y nota el frio y la sal cuando se sumerge y deja que el mar lo arrastre hacia adentro. A lo lejos, las luces del paseo marítimo son ya un diminuto punto de luz.

Imagina a su hijo nadando a su lado y  nota como el miedo se neutraliza. Las olas le arrastran de un lado para otro, lo lanzan hacia delante y hacia atrás. No deja de tragar agua. La oscuridad se ha vuelto absoluta y pierde la orientación. Ya no hay orilla, ni tierra, ni cielo. Tan solo la respiración agitada, la rabia del mar que le empuja hacia el fondo, que le arrastra a la nada.

«Sé que me odiáis, lo entiendo. Siento todo el horror, todo el daño que he causado. Entiendo vuestro desprecio, entiendo que no haya perdón para mí. Es justo, no puede ser de otra manera».

Sus pulmones se llenan de agua y por fin la opresión, esa horrible opresión, desaparece.

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