“El me derribó en el lodo, Y soy semejante al polvo y la ceniza”.(Job.30:19)

Cuando era pequeño creía literalmente que Dios era tan poderoso, que podía sostener la tierra en la palma de su mano y que la oscuridad de la noche, llegaba cuando se cansaba y se guardaba el mundo en el bolsillo del pantalón.

Mi madre solía contar que, cuando me llevaba en su vientre, una voz le había dicho que yo tendría vocación, que sería sacerdote. Desde que tengo uso de razón me recuerdo leyendo la biblia  y aprendiendo de memoria los versículos que luego mamá me hacía recitar, como si fueran canciones,  delante del Padre M., su consejero espiritual y rector del seminario donde ingresaría al cumplir los doce años y del grupo de beatas que la visitaban todos los jueves por la tarde. «Este niño es un santo»,  decían ellas mientras el Padre M. me revolvía el flequillo con aprobación. Y mi madre siempre respondía lo mismo: Natán será mí ofrenda a Dios.

A mi madre solo le faltó envolverme para regalo el día que me puso bajo la tutela del Padre M. e ingresé en el seminario menor. Dijo que el Padre M. velaría por mi fe y mi vocación y la verdad es que no me importó dejar mi casa. Tan solo lo sentí por mi hermano Benjamín que se quedó solo, sin el referente que era yo en su vida.

No recuerdo como empezó todo, cuando los paseos entre árboles y piedra venerable, los momentos de recogimiento y lectura de la biblia, las  charlas fraternas derivaron en tocamientos y sexo oral. Un día la mano del Padre M., la misma con la que me acariciaba el pelo y me daba palmaditas en la espalda; la misma con la que, en el sacramento de la comunión, me ofrecía el cuerpo de Cristo, se había posado sobre mi muslo y había ido avanzado, de forma casi natural, hasta mis genitales. Cuando eso ocurrió  fue como si de repente todo se quedara congelado. Contuve la respiración y no me atreví ni a mirar. Recuerdo que el estomago se me contrajo y se me secaron los labios pero no dije nada, no opuse resistencia y, mientras su mano se movía,  empecé a sentir  un cálido cosquilleo dentro del cuerpo y noté que «eso» se despertaba. Dejé que el Padre M. me  lo hiciera  con la mano y luego con la boca, y más tarde, yo hice lo mismo cuando él me lo pidió. Y lo hice porque sabía que no podía negarme, porque le quería y  confiaba en él y lo único que deseaba era su amor y su complacencia y también, debo reconocerlo, porque me gustó. 

Ese día empezó mi aprendizaje, la formación de mi carácter para llegar a ser un buen sacerdote. El Padre M. se convirtió en mi pastor y yo en su perro fiel. Decía que lo que hacíamos no era sexo, que era solo una expresión del amor incondicional que nos ataba el uno al otro; una especie de comunión que enriquecía nuestro conocimiento mutuo y nuestra intimidad. «Al amor le sucede lo que al fuego, cuanto más se comparte más se tiene.» Y nuestro amor, se fue convirtiendo con el tiempo en un fuego que quemaba. Un  día hizo que me diera la vuelta y le mostrase mis nalgas desnudas. Las flageló con un látigo corto, de cuerda trenzada, hasta que me ardieron y luego se  puso detrás de mí y empezó a presionar. Aquello me dolía y quise que parara, pero no me hizo caso y siguió empujando y las lágrimas se me saltaron y grité de dolor cuando con una acometida violenta, venció la resistencia de mi esfínter y me penetró. Ese día avanzamos a un nivel superior. Ese día me colocó un cilicio; lo ató alrededor de mi muslo y apretó hasta que los pinchos me mordieron y mi carne comenzó a llorar sangre. «El dolor limpia y purifica. Es el camino para alcanzar un estado de éxtasis, de comunión con Dios. Este dolor voluntario te une a Jesucristo y al sufrimiento que él aceptó para redimirnos del pecado».

Durante los años siguientes, fueron dos las cosas que tuve claras sobre mí mismo: Que yo le pertenecía al Padre M. y que el Padre M. me pertenecía a mí.

Y de repente, un día, el Padre M.  empezó a comportarse de forma extraña, a mostrarse frio y distante conmigo y nuestros encuentros comenzaron a espaciarse de forma repentina. Yo no hacía más que  preguntarme el porqué de esa actitud, qué había hecho yo mal, en que le podía haber fallado, hasta que le descubrí mirando a un chico nuevo y vi como el fuego ardía en su mirada y supe que deseaba a aquel niño. Supe que había encontrado un nuevo cachorro.

Pasé horas apostado en un hueco de la escalera vigilando  la puerta de las habitaciones privadas  del Padre M. hasta, que por fin, les vi salir. La actitud reservada y taciturna del chico y las miradas que intercambiaron en  el pasillo confirmaron todas mis sospechas. Comprendí  que el Padre M me estaba traicionado; que estaba ensuciando todo lo hermoso que existía entre nosotros y eso no estaba bien. Y me sentí mal, terriblemente mal y celoso como una jovencita despechada. Recuerdo que mi cabeza empezó a bullir y me embargó tal sensación de vértigo que  tuve que agarrarme al pasamano de la escalera para no caer mientras  las paredes empezaban a girar a mí alrededor como un tiovivo. Cuando  finalmente conseguí calmarme, corrí al lavabo y me mojé la cara con agua fría y entonces, la puerta de uno de los  excusados se abrió y el nuevo cachorro del padre M. salió  y vi que estaba temblando y que había llorado.

El Padre M. me había rechazado, me había abandonado y elegido a otro. « No voy a lamerme las heridas, me dije. Puedo atacar,  puedo morder…».

Aquella misma noche, me levanté sin hacer ruido y fui  a la habitación común donde dormía mi rival. Eran los celos y el deseo de venganza los que me llevaban hasta allí, pero cuando me acerqué  y aparté las sábanas y me incliné sobre él; cuando me miró con aquellos ojos anegados en sueño, me pareció que era a mi hermano Benjamín a quién veía y tuve un fogonazo de cuando estábamos juntos, de todo lo que nos había unido. Vi en sus ojos el miedo y la debilidad de Benjamín de pequeño, y tuve la misma sensación física de cuando yo había sido su protector, su guardián.

Sentí pena, pena y compasión por aquel niño, porque solo era eso, un pobre niño indefenso; una víctima  inocente del padre M. ¿Y si él era una víctima?  recuerdo que me pregunté, entonces… ¿En qué me convertía eso a mí? ¿Qué era yo en todo eso?

Y resonaron en mi cabeza los versículos de  Corintios 6:9: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis, ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones”. Y también Romanos 1:26-27: “Los hombres, por su parte, en vez de tener relaciones sexuales normales con la mujer, ardieron en pasiones unos con otros. Los hombres hicieron cosas vergonzosas con otros hombres y como consecuencia de ese pecado sufrieron dentro de sí el castigo que merecían”.

Mis nervios se tensaron como cuerdas y un escalofrió de pánico me recorrió; era como si los demonios vinieran a buscarme.

Corrí por los pasillos desiertos hasta la capilla, y allí, a la tenue luz de las velas, me arrodillé frente al altar e imploré al Cristo crucificado. Estaba perdiendo pie y no quería caer. Pensaba que si conseguía formular la oración adecuada, lograría encontrar la manera de controlar el caos, porque todo estaba perdiendo su sentido y sentía que mi  vida se desmoronaba. Recuerdo que aspiré el  aire saturado de la capilla. Un olor de incienso y cera quemada, el olor algo corrompido de las flores mustias. Cerré los ojos y recé con toda mi alma esperando una señal, una prueba,  algo que me salvara. Pero no ocurrió nada. Cuando los abrí  seguía todo igual y estaba solo, solo como nunca me había sentido y de repente, como si se me cayera una venda de los ojo, tuve la certeza de que la imagen del Cristo sangrante clavado en la cruz,  no era más que  un trozo de madera tallada, una ilusión. No había nada divino, nada sagrado en aquella representación, más bien burda, del martirio del hijo de Dios. Si su sufrimiento y su muerte tenían que servir para librarnos de nuestros pecados  entonces había sido en vano, una muerte inútil. Pensé en la  lucha eterna entre el bien el mal, entre el cielo y el infierno, y el cielo se me representó como una imagen abstracta, mientras que la forma del mal se tornaba real. Satán era real, lo sentía merodear a mí alrededor,  seduciendo, tentando, corrompiendo las almas de los inocentes.

La verdad se me reveló cruda, casi palpable: solo existía lo tangible, lo que se oye, lo que se ve, lo que se huele y se saborea. Un hombre era solo su cuerpo, un amasijo de carne, huesos y piel en perpetua lucha con su propia naturaleza,  con sus deseos y sus debilidades. Yo no sabía nada de eso, no sabía nada de la maldad real, de la maldad del  padre M. que se me había pegado como si fuera miel y me había convertido en cómplice de mi propio pervertimiento.

Reinaba el caos Me sentía engañado y lleno de ira cuando al día siguiente irrumpí en el despacho del padre M y le vomité todo lo que estaba sintiendo a la cara. Me daba igual lo que pudiera pasar, sentía que tenía que salvar a aquel chico, que quizás salvándole a él me salvaría yo. No podía permitir que el padre M. hiciera con él lo que había hecho conmigo. «Si no le deja en paz, le dije, todo el mundo se va a enterar de lo que está pasando».

El padre M. me miró. Su rostro se  tornó pétreo, inexpresivo, como si lo hubieran  esculpido a cincel. Sus ojos sin embargo, eran de una frialdad que quemaba  y no pude aguantar su mirada. Pero lo que más me fue atemorizo fue el tono tranquilo de su voz, la falta de emoción, el desafecto  con que me dijo:

« ¡Oh, Natán, Natán! ¿Acaso  crees que un corderito puede convertirse en lobo? ¡No se te ocurra amenazarme! Podría aplastarte aquí, ahora mismo, como a una cucaracha. Ten mucho cuidado conmigo, Natán. En la iglesia, el hilo se corta por el lado más fino…»

Salí dando un portazo, el desprecio que sentía avivaba mi rabia y me juré que no volvería a mirarle a los ojos nunca más. No lloré, No me permití sentir pena ni compadecerme. Una idea tomó forma en mi cabeza. Me obligué confinar mis emociones en un lugar profundo para poder pensar con frialdad. No podía permitir que interfirieran en la tarea que me estaba encomendado porque sabía que eso me haría débil y vulnerable.

El padre M bajaba a la piscina todos los días a última hora, cuando el gimnasio estaba ya vacío. Le gustaba nadar pegado a la pared en la zona que hacía pie. La repetición y la costumbre no habían hecho que su estilo mejorara. Se deslizaba con brazadas torpes y pesadas y levantaba  la cabeza para coger aire mientras el agua a su alrededor se movía de tal manera que había momentos en los que rebosaba en el borde y salpicaba las baldosas del suelo. Mi cabeza era una caja de resonancia mientras le observaba sin que me viera. Las palabras que había pronunciado apenas hacía unas horas en su despacho rebotaban  contra las paredes de azulejos y me golpeaban una y otra vez como pelotas de frontón. Le oía resollar como un cerdo  mientras me acercaba con cuidado de no  hacer ruido y me preparaba para saltar por sorpresa sobre él. Confiaba en la ventaja que me suponía que el padre M fuera un pésimo nadador.

Cuando vi la oportunidad salté, le golpeé y empujé bajo el agua. Aproveché la sorpresa para arrastrarlo a la zona profunda. Me sentía fuerte y poderoso. Sentía que los papeles habían cambiado y que, ahora, todo el poder era mío.  Notaba su desconcierto, los movimientos torpes con los que intentaba zafarse pero le agarré con más fuerza y le golpeé con saña y empujé, empujé para que se quedara sin aire y así debilitarlo. El padre M empezó a sacudirse y a tragar agua, se revolvía contra mí intentando escapar pero conseguí colocar su cabeza entre mis rodillas y apretar mientras la aguantaba allí. Temblaba y noté sus espasmos y seguí aguantando hasta que fue perdiendo fuerza y la vida le fue abandonando. Solo cuando se quedó totalmente inmóvil, dejé que volviera flotando a la superficie. Fin y principio. Muerte y resurrección. Me vida adulta, me di cuenta, estaba empezando en ese preciso momento, esa noche.

Todo eso pasó hace ya tanto tiempo que a veces se confunde en mi memoria como si fuera una de esas viejas películas en blanco y negro.

                                                       ********************

En los últimos minutos un gol de R. decanta el partido a nuestro favor. Hemos ganado Algunos padres bajan a felicitar a los chicos y pienso en la imagen lamentable que acaban de dar en las gradas, en los insultos y en toda esa agresividad y violencia contenida. No quiero pensar cómo serían ahora las cosas si hubiéramos perdido el partido.

— ¡Buen trabajo, Chicos!— En los vestuarios choco las palmas y revuelvo el flequillo de alguno de los muchachos  que se felicitan mutuamente y comentan las jugadas mientras se desprenden de los uniformes sudados. Desnudos, los observo ir hacía las duchas entre cantos y risas, totalmente desinhibidos. Algunos, como ese energúmeno de T. hacen ostentación del pene con una especie de narcisismo enfermizo. Los conozco bien a todos. Qué diferencia de los tiempos de mi infancia, me digo, cuando el cuerpo era algo sucio y pecaminoso.

La atmósfera del vestuario  está ahora húmeda y viciada. Aún resuenan las voces de los muchachos cantando bajo las duchas. Los  ecos de sus risas y pisadas se alejan  por el pasillo mientras paseo la mirada por la sala vacía; por las taquillas metálicas y los bancos de madera; por el suelo de cemento salpicado de huellas de agua. Hay un olor espeso. Olor  de jabón, de cuerpos sudados y calcetines sucios. Ese olor se mezcla con mi propia transpiración y hace que me sienta sucio… que mi mente se confunda.

Mi mano comienza a moverse dentro del pantalón de chándal mientras las imágenes de los chicos son flashes que se disparan en mi cerebro. La boca grande de S. que se ríe con el  pelo mojado y húmedo sobre la frente. P. secándose con la toalla. El pelo rubio, oscurecido por el agua, la piel rosada, las nalgas y los glúteos redondos y duros. Los muslos rotundos y fuertes de F., el pene orgulloso y desinhibido coronado por un vello suave y pajizo…

Es un movimiento rápido, el que imprimo a mi mano, un movimiento apresurado, mecánico.  Mi respiración, contenida, se rompe en un gemido y una mueca de dolor contrae mis ojos. Mi boca se abre y exhalo el aire, como si fuera un fuelle, cuando eyaculo dentro del calzoncillo de algodón.  No hay nada hermoso, nada placentero en  este semen derramado. Se trata tan solo de una tregua, de algo que hay que hacer para proteger a los inocentes.

6 comentarios

  1. He comenzado a leer el relato y no he podido parar hasta el punto final. Sé que es una ficción literaria pero es tan crudamente real que se me congela la sangre. Tienes una magnífica capacidad para escribir historias que podrían pasar en la casa de al lado.

    Sé que podría hacer una “búsqueda” por todo tu blog; es que en estos últimos meses y más a estas horas, mi tiempo es bastante limitado, así que te lo preguntaré directamente, ¿has escrito algún libro de relatos? …si la respuesta es sí, dime dónde puedo conseguirlo; y si la respuesta es no, ¿qué esperas?! Desde que te leo, ni un sólo de tus textos ha descepcionado… piénsalo.

    Un beso de buenas noches.

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    1. Joder Alma. Tus comentarios son un chute de energía increible para mí. No sabes como te los agradezco.No existe ningún libro. Tampoco se me había pasado por la cabeza hacerlo, la verdad. Casi todo lo que he escrito está aquí, en el blog. Le tengo particularmente cariño a “El soldado de Alá” que fue uno de los primeros relatos que escribí. También, “La niña del parque” y “El musulmán más solitario del mundo”. Te animo a que los leas. Un beso muy, muy fuerte, Alma.

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