Margaret  volvió al pueblo convencida de que aquel era su sitio. Al fin y al cabo solo era una   sencilla chica de campo. Se casó con Edward porque era lo que tenía que hacer, lo que se esperaba de ella. Ni siquiera se le pasó por la cabeza que pudiera decir que no. El si ya estaba ahí, esperándola a su regreso.

Le había costado adaptarse a la vida solitaria de la granja, apartada del pueblo, aunque cercana a una de las pocas carreteras que conducían a él. Allí,  Edward se había ido revelando como una persona socialmente hostil, siempre nervioso y propenso al enfado. Si las cosas no se hacían a su manera, si se le llevaba la contraria, enseguida se sentía ofendido. Con tal de evitar problemas, Margaret había acabado plegándose  a sus deseos y convertida en una mujer  obediente y solicita.

No eran un matrimonio feliz. Margaret, que  nunca había demostrado demasiado interés en el sexo, era lo suficientemente intuitiva  para adivinar que el juego amoroso debía consistir en algo más que los movimientos torpes e invasivos de Edward. Sus besos eran rudos y ásperos, cuan diferentes a los delicados labios de Adele. Si alguien le hubiera preguntado qué era un orgasmo, se habría puesto colorada y no habría sabido que contestar. Recordaba el cosquilleo, el placer que experimentó aquella noche que se había tocado con Adele durmiendo en la cama de al lado. Suponía que eso era lo más parecido a un orgasmo, porque con Edward nunca había sentido nada.

En aquel ambiente, solitario y a veces hostil,  habían nacido sus hijos, primero David y dos años más tarde Amy. Durante su infancia no habían conocido más distancia que la que se podía andar a pie. Sabía que para Amy no había sido sencillo todo aquello. Era una chica introvertida, siempre deambulando por ahí manteniendo, al igual que su padre,  las distancias con la gente. Siempre con una navaja en el bolsillo, un cuaderno de dibujo y sus ceras de colores. 

Al terminar la primaria David y Amy  empezaron  el instituto en Ballon.Les habían comprado unas bicicletas para cubrir los 8 km. que debían recorrer cada día. Amy adoró su bicicleta, iba a todas partes con ella, hiciera el tiempo que hiciera. David sin embargo, abandono rápidamente  la rutina de las clases y dejó los estudios, cosa que  no preocupó a Edward en absoluto. Encontró empleo en un taller de reparación de automóviles y se casó con la hija del propietario y ahora era dueño de su propio negocio. Amy en cambio se aferró al instituto como a una llama ardiendo. De repente se la veía feliz. Su aspecto cambió. Empezó a vestir con vaqueros y zapatillas  y un día los sorprendió a todos saliendo del baño con el pelo corto y su hermosa melena, convertida en una coleta de pelo muerto. Edward había montado en cólera. Dijo que parecía un marimacho; que el pelo de una mujer era su gloria y que le prohibía terminantemente  que volviera a cortárselo.

Quizás ese fue el comienzo de todo. Amy, que  se había criado a la sombra de una historia complicada, ahora se sentía parte de algo. Participaba activamente en las funciones de teatro y en la construcción de los decorados para las obras. Y allí encontró su lugar. Cuando acabo el instituto tenía claro que sería escenógrafa.

Ahora se había ido. Vivía en la ciudad con una mujer. Y Edward la culpaba  de todo, Incluso cuestionaba el hecho de que le hubiera dado el pecho durante demasiado tiempo en la infancia. Como si eso tuviera algo que ver con la inclinación sexual de Amy. Margaret se había pasado la vida  cubriendo las necesidades de su marido, pensando que de esa manera beneficiaba y protegía a sus hijos, sobre todo a Amy, pero ahora se daba cuenta de su error. Sentía que le había fallado a Amy, que no había estado a su lado lo suficiente y eso era algo que aún  le escocía y que había hecho  que se sintiera mal  consigo misma, aunque eso no importaba. Sentirse mal se había convertido en su estado natural.

Todo aquello, sin embargo,  había provocado en Margaret una especie de catarsis. Después del terremoto se había sentido fortalecida y extrañamente emocionada. Era  como si un aire purificador, antiséptico, lo hubiera arrasado todo. Ya no le importaba lo que pudiera pensar Edward ni la gente del pueblo con su mentalidad antigua. Allá ellos con sus rancios prejuicios, Ella había visto otro mundo, había vislumbrado otras vidas y se sentía feliz por Amy, feliz de que eso hubiera dejado de bloquearla, feliz  de que pudiera vivirlo con naturalidad, porque durante muchos años había estado muy sola, muy perdida. Margaret había visto en sus ojos un dolor, que allí no tenía salida, ningún resquicio por donde poder escapar y ahora, Amy era feliz. Sus ojos brillaban y su voz sonaba con una fuerza y determinación que antes no tenía.

Cuando Edward volvió del  pueblo, Margaret notó el alcohol en su aliento. Como cada tarde después de comer, se sentaron junto a la chimenea, donde empezaban a amontonarse las cenizas, a ver las noticias de la BBC. Habían comido en silencio, un silencio incomodo que Edward había roto, durante solo un momento, para espetarle a la cara: « Acuérdate de lo que te digo. Amy  fracasará, destrozará su vida, acabará cayéndose a pedazos y tú te quedarás con cara de boba». Ella no contestó, le miró y pensó que era patético, que ambos eran patéticos, dos personas deprimentes.

Margaret sacó la labor y empezó a coser un agujero en los gruesos calcetines de lana de Edward,mientras este dormitaba en el sofá. Eran los calctines que le había regalado Emma, la esposa de David en su último cumpleaños. Notó que Edward olía a sudor y que tenía una mancha reciente en la camisa y pensó en la cara de Emma si lo viera con ese aspecto descuidado y sucio.

Estaba en la parte trasera de la casa peleando con las sabanas y el viento. Recogía la ropa de las cuerdas cuando escucho el ruido del motor de un coche. Margaret entró en la cocina y se acercó a la ventana. Edward y David hablaban en el porche.  «Cada día se parecen más» pensó Margaret. David era una versión joven de su padre. Entre ellos siempre había existido una conexión especial, un círculo de entendimiento del que ella y Amy habían sido excluidas. Últimamente, Edward  representaba ante su hijo el papel de sufrida víctima y había conseguido ponerlo de su parte. Se apartó de la ventana. Imaginaba de qué podían estar hablando y estaba segura que si salía al exterior, ambos callarían y la mirarían como si fuera una intrusa. Pero eso que ya no le importaba.

Por la noche, cada uno se acostó en su lado de la cama. El colchón se venció  hacia el  de Edward cuando esta apagó la luz y le dio la espalda. Permanecieron quietos haciendo creer al otro que dormían mientras, en el exterior, el viento silbaba y agitaba las hojas de los árboles. Estaban tan juntos y a la vez tan lejos el uno del otro…

—No le cortes las alas a tu hija. Déjala vivir, déjala que se equivoque y que aprenda de sus errores.— Dijo Margaret con la mirada perdida en la oscuridad. — Eso es lo que la hará crecer y enriquecerse. No hagas que cargue con tu frustración y con tus prejuicios. Voy a ayudarle, Edward, quiero que lo sepas. Voy a hacer por mi hija todo lo que esté en mis manos. No importa lo que pueda ocurrir, voy a estar siempre ahí, para todo. Y cuando digo todo, es «todo».

Suspiró y cerró los ojos. «Adele…» musitó, embargada por una dulce melancolía. «Lo que pudo ser y no fue… La resignación en la renuncia. Aceptar que la vida es tomar las cosas como vienen, atesorar dentro de nosotros la felicidad y la dicha vivida…»  Como si fuera una plegaria, empezó a recitar mentalmente aquel poema. Ahora, por fin ahora, lo alcanzaba a comprender.

«Aunque el resplandor que
en otro tiempo fue tan brillante
hoy esté por siempre oculto a mis miradas.

Aunque mis ojos ya no
puedan ver ese puro destello
Que en mi juventud me deslumbraba

Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porqué la belleza subsiste siempre en el recuerdo.

En aquella primera
simpatía que habiendo
sido una vez,
habrá de ser por siempre
en los consoladores pensamientos
que brotaron del humano sufrimiento,
y en la fe que mira a través de la
muerte.

Gracias al corazón humano,
por el cual vivimos,
gracias a sus ternuras, a sus
alegrías y a sus temores, la flor más humilde al florecer,
puede inspirarme ideas que, a menudo,
se muestran demasiado profundas
para las lágrimas.»



4 comentarios

  1. Y pensar que aún en pleno 2020, esto sucede mucho más de lo que creemos. De todos modos, me esperaba algo más “fuerte”, o por parte del padre o de la misma madre, nos tienes acostumbrados a personajes muy controvertidos.

    Por otro lado, y con respecto a tu respuesta en el anterior relato, te leo desde hace años, desde que tenías el blog en Blogger… por lo cual, creo que algunos los he leído allá. Y mi opinión sigue siendo la misma, deberías pensar lo de publicar un libro de relatos breves, aunque más no sea en versiones ebook, para que más gente te lea porque de verdad, vale la pena… tus textos es de lo mejor que he leído en la red.

    Un beso.

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    1. Hola Alma
      Con este relato no buscaba controversia o un giro final de esos que impactan. Pretendía, no sé si lo he conseguido, mostrar como todo lo vivido tiene un porqué. Que hay muchas piezas sueltas en nuestra experiencia vital, muchos momentos vividos que no acabamos de comprender hasta que las piezas encajan y cobran todo su significado y que es eso lo que nos transforma y nos ayuda a crecer y nos hace más fuertes. En cuanto a lo del libro, me lo voy a pensar, pero sinceramente, creo que me falta aún mucho por experimentar y por aprender. Te agradezco mucho tus comentarios, Alma. Son como un vaso de agua fresca con el que calmar la sed. Un abrazo fuerte, fuerte.

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