Al principio me gustaba subir a lo alto de la colina. Desde allí, la ciudad se extendía a mis pies como si fuera una  maqueta: casas y calles,  árboles y  grúas. Coches diminutos  circulando sin apenas hacer ruido. Puntos de color se desplazaban  de un lado para otro como hormigas. Hasta donde yo estaba no llegaba el sonido de la ciudad, nada de sirenas ni de cláxones, ningún ruido, tan solo un runrún sordo, como de enjambre. Si levantaba un pie, Yonge Street desaparecía detrás de mi zapatilla y pensaba que podría aplastar las casas si quisiera, como si fuera un gigante, como el monstruo de una de esas viejas películas de terror. Pasaba tanto rato sentado sobre la hierba que la humedad  traspasaba la tela del pantalón y me mojaba el culo y las palmas de las manos se me quedaban frías y manchadas de tierra verdosa.

      A veces el cielo se cubría de amarillentas nubes de azufre que presagiaban tormenta. La luz del atardecer se esfumaba entonces a toda velocidad y la sustituía la oscuridad y el resplandor lejano de las luces de la ciudad. Sentía que también había nubes de azufre en mi cabeza. Me levantaba y me sacudía la culera del pantalón y me quedaba un rato de pie, con las manos en los bolsillos, mientras las sombras emborronaban el contorno de los árboles. No esperaba nada y nadie me esperaba. Siempre era así. Cuando bajaba de la colina me daba cuenta de que todo seguía existiendo. Era yo el que estaba fuera de todo.

      El señor Collingwood nunca me llama por mi nombre. El señor Collingwood  me dice: ¡Eh, tú!  Me dice: ¡Mueve el culo!  Me dice: ¡Eh, tarado! ¡No vales ni uno solo de los peniques que te pago! Si estoy muy cerca, huelo su aliento que apesta como si tuviera un ratón muerto dentro de la boca. El señor Collingwood me dice que me quede en el almacén, que no quiere ver mi sucio culo por la tienda. «Bastante tengo con ver tu cara de mono todos los días, me dice, como para que encima me asustes a los clientes». En la tienda apenas hay clientes, solo gente de paso que compra una vez y ya no vuelve. Nadie compra en un sitio tan deprimente como este. El señor Collingwood dice: ¿Es que no tienes otra ropa? Pareces un puto sin techo. Yo siempre llevo mi camiseta archilavada, mi sudadera con capucha, los mismos tejanos gastados y mis zapatillas negras Converse. No soporto el contacto de la ropa nueva en mi piel. Usó la misma durante años hasta que no queda más remedio que cambiarla.

      No me importa quedarme en el almacén, a pesar de que es un lugar asfixiante y oscuro que  apesta a rancio. No se escucha más sonido que el chasquido de las trampas  para ratones cuando alguno queda atrapado en el cepo y el crujir de las tablas del suelo bajos mis pies. Paso el tiempo barriendo y limpiando el polvo de las estanterías apolilladas, donde se amontonan latas, botellas y cajas polvorientas desde hace años. Por mucho que pase el trapo, por mucho que barra, todo sigue sucio. Prefiero tragar polvo en el almacén a tener que escuchar al señor Collingwood llamarme mono, porque que me llamen mono es algo que odio. Un día se lo dije y se rió en mi cara. « ¡Si hablas como un mono, te mueves como un mono y tienes cara de mono, eres un mono, chaval. Acéptalo! »  Cuando vivía en el centro un chico, uno de los mayores, me llamó mono en el comedor. Todos los de la mesa se empezaron a reír y a hacer ruiditos llevándose las manos a los sobacos.  Cogí el cuchillo de la carne  y de no ser por el profesor Haydn no se que abría ocurrido. Intento controlar los ataques de ira. Antes, cualquier cosa podía desatar una crisis. Bastaba con que un niño me quitara un lápiz, que me pusieran una zancadilla, que se mofaran de mí. A la más mínima podía tirar pupitres y romper armarios hasta que los profesores acababan desalojándome de clase. Luego no  recordaba nada. Ahora he consigo controlarme pero, cuando me enfado mucho, como aquella vez, la vista se me nubla y me quedo ciego. Es literal. Todo se vuelve negro y no veo y dejo de pensar. Entonces soy capaz de cualquier cosa. En el centro, una vez a la semana acudía al despacho de la doctora Colantoni, a terapia. La doctora Colantoni era amable, pero yo sabía que todo lo que dijera  iría a engrosar mi expediente y que tenía que andarme con cuidado para no perjudicarme. Sentada ante su mesa, atestada de carpetas y papeles,  la doctora Colantoni me hacía preguntas complicadas. El ventanal, a su espalda, hacía que el contraluz no me dejara distinguir bien los rasgos de su cara. A veces, la doctora Colantoni me intimidaba, el contacto directo  me asusta. Las personas me intimidan, las chicas me dan miedo. Nunca he estado con una chica, nunca he besado a ninguna ni he estado desnudo con nadie.  La doctora Colantoni, decía que no tenía que sentirme culpable por ser como soy. Decía que mi madre había bebido demasiado durante el embarazo,  y que eso me afectó. Por eso mi aspecto es diferente al de los otros chicos (1).Estuve a punto de decirle que ya sabía que no era culpa mía, pero que a todo el mundo parece importarle una mierda eso, pero me callé.

      Cuando los servicios sociales me llevaron al centro no había cumplido los siete años. Los recuerdos que tengo de aquella época son pocos, pero claros y precisos. Apenas me aguantaba de pie, me arrastraba por el suelo como los bebés con el pañal sucio XXL que mamá  nunca se acordaba de cambiar. No controlaba el pis, tenía el culo escocido  y con heridas en carne viva. Los oídos me supuraban por la otitis y uno de los  tímpanos estaba perforado. Recuerdo el hambre, siempre tenía hambre, y el frio. Lloraba sin parar por el dolor mientras mi madre se pasaba el día en el sofá, rodeada de latas de cerveza vacías y ceniceros colmados de colillas,  viendo Jeopardy!  Bebía hasta que el alcohol acababa por tumbarla. La moqueta del suelo estaba llena de manchas mohosas de cerveza y quemaduras de cigarrillo; las persianas siempre cerradas y las cortinas corridas, las lámparas y las luces apagadas. Era como si viviéramos en una caja. No  existía la luz, tan solo el pálido resplandor del televisor. La basura se acumulaba en nuestra puerta y los vecinos acabaron llamando a la policía. Mamá lo hacía con hombres en su cama. Se quedaba dormida  con el cigarrillo encendido  entre los dedos, con la bata abierta dejando a las vista «su cosa». Era algo monstruoso, una especie de  animal peludo  que  guardaba allí,  entre sus piernas. Por eso las mujeres me intimidan, por eso las chicas me dan miedo.

      Días antes de cumplir los dieciocho años, la doctora Colantoni  me llamó a su despacho. Me dijo que me sentara y me pasó una caja de caramelos por encima de la mesa. Cogí uno y me lo llevé despacio a la boca y lo chupé. Era de fresa acida, recubierto de azúcar. La doctora Colantoni me dijo que afuera me iba a ir bien. «Tengo muchas esperanzas puestas en ti », me dijo. Si hubiera podido elegir, habría preferido quedarme. El centro era mi casa. Pero no se lo dije. Mire la estantería llena de libros del despacho y le pregunte si los había leído todos.

      —Algunos—me dijo

      —Yo no puedo leer durante mucho tiempo—. Dije,  sin mirarla —.No puedo concentrarme. Es como cuando remueves las fichas del dominó. Las letras se mezclan y comienzan a bailar  delante de mis ojos y entonces me mareo.

      Todas las tardes, al acabar la jornada en el almacén, solía apostarme en la esquina de King street, a esperar la salida de las chicas del taller de costura que hay junto a la ferretería Levine. Algunos chicos también esperaban frente a la puerta de salida del personal. Me gustaba el alegre revuelo que se formaba. Imaginaba que era a mí al que sonreían y besaban. Que era conmigo con quien se alejaban cogidas del brazo por la acera. Luego echaba a andar sin rumbo. La capucha de la sudadera me ocultaba la cara y me tapaba los ojos. Con ella en la cabeza me sentía seguro. En el semáforo de Columbus había siempre flores frescas que alguien fijaba con cinta adhesiva y una vela con un protector rojo encendida. Sabía  que tenía que tener cuidado con los coches. No podía pasar la calle sin más. La gente pasaba por mi lado apresurada, siempre con prisa por llegar a casa, por llegar a donde fuera, siempre con prisa. Caminábamos por las mismas aceras, pisábamos las huellas que habían dejado otros. Respirábamos el mismo aire contaminado y veíamos los mismos escaparates, pero, era angustiante  constatar que yo era un extraño, que me quedaba fuera de todo.

      Cuando volvía a casa, al encender la luz,  veía las cucarachas escabullirse corriendo entre las grietas del zócalo. Una mosca solitaria se arrastraba por la pared de la cocina donde  el reloj se había parado en las cinco cuarenta hacía mucho tiempo. Los platos sucios se amontonaban en el fregadero con manchas pardas de comida reseca. Intentaba no pensar en mamá. No tenía fotos, ningún  cuadrado de cartulina que me recordara su cara, nada que diera testimonio de su existencia, de que había sido real. Antes de dormirme comprobaba que todas las ventanas estuvieran bien cerradas y el gas de los fogones cortado. El miedo estaba ahí cuando tomaba un valium y me metía en la cama con la cabeza bajo la manta. A veces me despertaba ardiendo y con el pulso acelerado. Mis sueños eran intensos, reiterativos, obsesivos. Algunos los recordaba, otros no. Tenía miedo de que todo pudiera desmoronarse, de no ser lo suficiente fuerte para soportarlo. Vivir no es fácil.

      El tiempo  fuera del Centro corre muy deprisa. Marzo dio paso a un abril lluvioso y luego a los días cálidos y luminosos de mayo. Los pájaros comenzaron a chillar como locos en los árboles, las mariposas volaban en zigzag entre los parterres llenos de florecillas amarillas y blancas, la hierba era de un verde jugoso y radiante. La naturaleza seguía su ritmo. Tan solo yo permanecía estancado.

      Comencé  a ir al mediodía al parque Stanley. Me sentaba en un banco a comer mi  emparedado del almuerzo mientras observaba a las hormigas recoger las migas que caían al suelo. Ella empezó a venir hace  ya algunas semanas. Pasó por mi lado con un vaso de Starbucks y se sentó dos bancos más allá dejando tras ella  la  suave estela de su perfume. El sol brillaba en su pelo .La observé sacar un sándwich del bolso,  arrancar la corteza dura de los bordes y  tirarla a las palomas que rápidamente se arremolinaron a su alrededor. Todos los días  repetía el mismo ritual sin apenas variaciones. Aparecía con su vaso de Starbucks, compartía su comida con las palomas y luego se marchaba dejándome solo con su olor. Empecé  a esperar cada día el momento del almuerzo con impaciencia. El viernes no vino y me sentí triste y contrariado y también alarmado por si hubiera podido pasarle algo. Me  he pasado el fin de semana pensando en ella, echándola de menos. Desde que apareció en el parque Stanley solo la he mirado a ella en el mundo, y el mundo es ahora ese banco del parque.  Hoy es  lunes, estoy sentado en el banco esperando, nervioso, a que aparezca.  Cuando la veo  acercarse por el sendero, siento que me aflojo. Al pasar a mi lado, levanto  la vista y resulta que me está mirando con lo que parece una sonrisa. « ¿Nunca pasas calor con esa sudadera? » me dice. Y de repente es como si mis pies  se agarraran a la tierra, como si la gravedad tirara de mí también.

(1).La doctora Colantoni hace referencia a los rasgos faciales característicos  de las personas nacidas con SAF. Síndrome alcohólico fetal.

4 comentarios

  1. Qué duro!… admiro que sepas contar algo tan bien, sin golpes bajos. Has mantenido al lector todo el tiempo como a la expectativa de algo trágico, terrible, doloroso… como si todo lo ya pasado hubiese sido la razón para un gesto extremo y, sin embargo, has -nuevamente- sorprendido con el final.

    Felicitaciones. Un beso.

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    1. Creo que este personaje, este niño grande sin nombre, merecía un anclaje, algo que lo fijara al suelo para dejar de arrastrarse por la ciudad como se arrastran las nubes de azufre por el cielo esperando el momento de soltar su descarga toxica. Era tan poco lo que pedía. Tan solo una mirada, una sonrisa y una frase amable. Gracias Alma, ya te sigo.

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