I

Una luz amarillenta envuelve a las mujeres que venden su cuerpo en la acera de la Jubiläumsstraße. Ella está apostada a la entrada de un portal, apoyada contra la pared con un vestido de flores amarillas. Es flaca, terriblemente flaca y plana como un chico. Cuando paso a su lado, la luz de un farol incide sobre sus manos pálidas. Veo las venas de sus muñecas y la marca de una cicatriz, una quemadura profunda y rugosa, donde debería estar una serie de números marcados con tinta indeleble. Hay oscuridad en su interior; en sus ojos oscuros e inmóviles, adormecidos por la droga.

     Va a ser ella.

     Con un gesto, sin mediar palabra, me indica que la siga al interior de la portería que huele a humedad y ligeramente a orines. La escalera es oscura y estrecha y en algunos tramos aún se dejan ver viejas heridas de la guerra. Subimos hasta el último piso, hasta un cuarto abuhardillado  junto a la azotea.

     En una mesilla pegada a la cama, una lamparilla encendida tiñe de luz rojiza la habitación. Hay una silla, un armario pequeño y un pie de madera con una palangana y una jarra. Ella me pide el dinero por adelantado. No me mira, no sonríe. Se comporta como una autómata que sigue un protocolo mil veces repetido.

     Despacio, se quita el vestido y las bragas. Las costillas se le trasparentan y también los huesos salientes de las caderas. Se tumba en la cama y se queda quieta: un cuerpo inerte. Su piel es palidísima, tan fina que las venas parecen recorrerla como ríos. Tiene marcas de pinchazos en los brazos, manchas de viejos moratones que se han vuelto de un amarillo verdoso en las piernas y el cuello.

     Me quito los pantalones, estoy terriblemente excitado y  erecto. No le pido que me la chupe. La agarro de los pies y tiro de ella hacia mí. Le doy la vuelta, la pongo de rodillas sobre  la cama y le separo las piernas como si fuera una muñeca. Su sexo se me ofrece descarnado y reseco. La agarro por las caderas y la penetro con  fuerza. Entro y salgo de ella con rabia, con  embestidas violentas y profundas. Ni un ligero sonido sale de su boca. Le doy la vuelta y la vuelvo a penetrar. Quiero que me mire, quiero ver el abismo que hay en sus ojos, pero ella gira la cara. Le tiro del pelo. « ¡Mírame, zorra!». La abofeteo y entonces lo hace. Hay un brillo desafiante en sus ojos. Ha entendido lo que quiero. Vuelvo a pegarle, pongo mis manos en su cuello y aprieto y entonces, ella suelta un gemido y yo me corro.

     Se levanta y echa agua en la palangana. Retira el semen y lava sus partes íntimas con un paño húmedo.

     — ¿Quiero volver a verte?

     —Te costará más caro—me dice.

     No es que sea un sádico pero sé que puedo ser violento. Tan solo las drogas, y el sexo consiguen mantenerme cuerdo durante un tiempo.

II

     Acompaño a la Sra. Gücksmann hasta la puerta cuando veo a Damian sentado en la sala de espera de la consulta. Tiene el sombrero en la mano y golpea el suelo con el pie con un movimiento nervioso. Algo no va bien

     —Lo siento doctor Bauman—Me dice Therese, mi enfermera, señalándole—No tiene cita, pero ha insistido mucho en verle.

     —No te preocupes—le digo— Ya me encargo.

     Le hago pasar al despacho y cuando cierro la puerta me vuelvo hacia el furioso. Estoy enfadado.

     — ¿Qué coño haces aquí, Damian? Sabes que no debes venir. No es prudente…

     —Algo no anda bien, Ernst —me dice jugueteando nervioso con el sombrero—. Me vigilan, creo que me siguen. Te juro que no estoy loco. Anoche había alguien apostado frente a mi casa.

     — ¡Cálmate, Damian! ¿Te ha visto alguien entrar aquí?  ¡Usa la cabeza, joder! No puedes ponernos en peligro a todos. ¡Escúchame! Si es cierto lo que dices, tienes que desaparecer inmediatamente. Aléjate durante un tiempo e Intenta mantener la cabeza fría, ahora más que nunca.  ¿No guardas nada en casa, no? Nada que nos comprometa…

     —No, Ernst.

     — ¿Estás seguro?

     —Seguro.

     —Entonces es mejor que no nos veamos. Vete a la montaña, quítate de en medio Sé cuidadoso. No des ni un paso en falso.

     —Está bien, Ernst. Lo haré.

     —Si tienes que  contactar conmigo, hazlo por el conducto habitual…

     Me preocupa Damian. Se está mostrando como alguien débil y eso puede ser peligroso.

     Hay momentos en que se hace muy dura esta soledad. Es complicado vivir sin vínculos,  aislados  en este nuevo tiempo que se cierra a nuestro alrededor como una jaula. Jamás pude imaginar una vida tan miserable. Siempre con el temor a que te descubran; a que alguien reconozca tu cara en el mercado o en el tranvía. Es insalubre pasar tanto tiempo solo rumiando el pasado con miedo. Aislarnos es la mejor manera de protegernos pero, la falta de contacto puede hacer que enfermes. Al final es inevitable que busques a alguien para no volverte loco.

III

     Durante los días siguientes extremo la precaución. No hay nada extraño, no veo nada que altere mi rutina. Damian debe haberme hecho caso. No he vuelto a saber nada de él.         

     Conforme transcurren los días siento como la ansiedad me corroe. Creo que me he obsesionado con esa sucia judía de la Jubiläumsstraße, con esa pequeña alma que sustenta un cadáver. No puedo quitármela de la cabeza, me levanto y acuesto viendo su cara.

     Está en el portal fumando un cigarrillo. Lleva el mismo vestido amarillo y es como si no se hubiera movido de ahí en todo este tiempo.     

     — ¡Has vuelto! —dice con una voz carente de emoción.

     La  sigo por las mismas escaleras. El mismo cuarto mal ventilado.

     —Te he traído un regalo—Le digo y saco dos ampollas de morfina del bolsillo interior de mi chaqueta— Tendrás que poner tú la jeringa.

     Ella mira con codicia el líquido transparente. Se levanta y de la parte superior del armario saca una caja metálica donde hay todo lo que necesitamos. Lo preparo  Nunca me  pincho en los brazos, busco venas que no estén expuestas a la vista pero hoy me subo la manga de la camisa y me hago un torniquete en el antebrazo con la corbata. Noto como mis venas se hinchan. Introduzco la  aguja y, conforme la morfina se mezcla con mi sangre, un grato calor se expande desde el estomago por todo mi cuerpo. Ella espera impaciente con el brazo extendido. Sus venas son cordones endurecidos. Me cuesta encontrar una que sirva pero cuando lo hago, apuro en ella lo que queda en la jeringuilla.

     — ¡Túmbate!—le digo y la empujo  sobre la cama. Le subo el vestido, le arranco las bragas y un ligero efluvio a amoniaco me sube hasta la nariz. Le abro las piernas y hurgo dentro de ella con los dedos. Primero uno, dos… La penetro con la mano y empujo hasta que todo mi puño entra dentro de su vagina. Ella se retuerce pero no intenta zafarse. Tan solo me mira, esta vez sí, y  en sus ojos puedo ver los estragos de sus pesadillas.  Sabe lo que es el dolor, sé que  está preparada para esto.  Esta vez me corro sin necesidad de tocarme.

     Mientras me limpio,  ella se queda sentada en la cama, con la cabeza gacha, dentro del círculo de luz de la lamparilla. El pelo le cae sobre la cara y veo que tiene arañazos en la espalda. Es como si ese resplandor rojizo le traspasara la piel y la iluminara por dentro.

     —Se que eres uno de ellos—. Me dice.

     — ¿Uno de cuáles?

     —Uno de ellos.

     —Y… ¿Qué pasa si soy uno de ellos?

     —Nada, no pasa nada.

IV

     Durante la noche se sienten sirenas y el viento arrastra un penetrante olor a humo desde el otro lado del rio. El incendio debe ser por la zona donde está la casa de Damian.  Los vecinos salen a la calle y observan el resplandor rojizo que asoma detrás de los arboles, Cierro las ventanas  y corro las cortinas. Soy un vecino silencioso y discreto. Por la noche sueño que hay cazas volando rasos por sobre los tejados y en el humo del incendio se mezcla el olor a gasolina y a cenizas de las bombas. De madrugada me despierta un trueno, al que sigue el golpeteo de la lluvia en la ventana. Aún huele a humo.

     A última hora de la tarde estoy solo en el despacho. Therese hace apenas cinco minutos que se ha marchado cuando suena el timbre de la puerta. Creo que es ella, que ha olvidado algo, pero cuando abro no hay nadie en el rellano, tan solo un sobre en el suelo. Dentro hay una nota garabateada, una nota escueta que dice: Ni olvido ni perdón”.

     ¿Qué es esto? Corro a la ventana y me asomo a la calle y alcanzo a ver a una mujer con gabardina ceñida y un pañuelo en la cabeza que dobla la esquina y desaparece. ¿Qué está pasando?  Una alarma se dispara en mi cabeza.  

     Salgo de la consulta por la puerta de atrás. No hay nadie en el callejón, tan solo un perro flaco  merodea por los contenedores de basura. El eco de mis pasos me acompaña por las calles adoquinadas  hasta la esquina de Strausberger Platz donde hay una cabina telefónica. Llamo a Bernhardt pero nadie me responde. Lo intento con Kaspar y el teléfono suena y suena y aguanto la llamada hasta que me desespero. Algo está pasando, algo no va bien. Ahora cada sombra se convierte en una  amenaza. Miro hacia atrás constantemente, pero no veo a nadie y aún así, tengo la sensación de que me vigilan. Me siento como el cazador que se ha convertido en presa. Al final de mi calle hay un coche negro con las ventanillas tintadas y un aspecto inquietante.

     Cierro la casa a cal y canto. Abro una botella de vino. Un vino tinto con mucho cuerpo, un vino amaderado,  del color rojo oscuro de la sangre. Sintonizo la radio, algo de música que llene este silencio y bebo. El alcohol siempre me aclara las ideas y tengo que pensar. La música se interrumpe con el parte de las ocho.

     «Esta mañana ha sido encontrado el cadáver de un hombre en las inmediaciones de rio Elde.  Una pareja que paseaba por la zona con su perro fue quien  dio la voz de alarma y alertó a la policía. El cuerpo se encontraba  maniatado a un árbol, amordazado y con un tiro en la cabeza..La policía también ha encontrado una nota junto al cadáver con el mensaje “Ni olvido ni perdón”. y el dibujo de una esvástica pintada con su propia sangre. Aunque son muchas las hipótesis que se barajan, de momento no ha transcendido ningún detalle de la investigación, aunque algunas fuentes indican que este  suceso puede tener relación con el incendio de una casa, ayer por la noche, en un barrio de las inmediaciones…

     — ¡Dios mío! Es Damian. Que le han hecho a Damian

     Me recorre un calambrazo de miedo. No debo perder el control, no puedo sucumbir al caos.

     — Si han dado con Damian, si Damian  está muerto, no hay esperanza para mí…

     ¿Cuántas copas llevo bebidas? La botella está casi vacía. El vino no consigue diluir el miedo pero es mayor el resentimiento, el odio que llevo acumulando durante este tiempo. Los fantasmas, los demonios que nacieron con la  derrota siempre han estado ahí fuera, esperando su momento y creo que hoy ha llegado su hora. La suya y la mía..

     Tan solo las noches de nostalgia subo al desván. El tejado tiene goteras y huele a humedad y a meado de rata. Es aquí donde  guardo el traje que encontré a mi vuelta de  Sachsenhausen, el traje negro de Oberleutnant  SS de antes de la guerra. Fui incapaz de desprenderme de él. Está dentro de una funda impermeable, oculto en un sitio donde a nadie se le ocurriría mirar. Los peldaños crujen mientras bajo las escaleras con titubeantes pasos de  borracho. Lo saco de su funda  y lo extiendo con cuidado, sobre la cama. El color negro sombrío y autoritario, en la chapa de la guerrera brilla la Totenkop, la calavera de la SS. Recuerdo el miedo y el respeto que provocábamos en la gente. Solo verlo me envuelve la nostalgia y la emoción me humedece los ojos. Me quito la ropa y comienzo a vestirme ceremoniosamente.

     ¿Qué queda de todo esto? ¿Qué queda de la grandeza del Reich? Aquel mundo desapareció, ya no queda nada. La derrota ha relegado el sueño de nuestro pueblo, de nuestra raza al olvido.  «La banalidad del mal»  Los periódicos, el mundo entero  se llenan la boca con frases como esta. No entienden que el deber nos obligó a hacer cosas que hubiéramos preferido ahorrarnos; que todo fue por un bien común, por un objetivo grandioso que ahora,  la historia se ha encargado de manchar con mentiras. Y mientras el paro y la miseria, asolan esta nueva Alemania yo me pregunto: ¿Donde están los buenos alemanes?   Estan en las cárceles, caminando cabizbajos por las calles, los buenos alemanes nos escondemos  en nuestras casas injustamente victimizados por la culpa. Vivimos  con miedo.

     En el espejo veo la imagen autoritaria y determinante del hombre que un día miró y caminó con seguridad y firmeza hacia una victoria grandiosa.

     De un cajón saco una Walther P38 de nueve mm. Hay 8 cartuchos en el cargador. Siento el frio de las cachas de baquelita en la palma de la mano. No voy a huir. Voy a esperarlos, puedo hacerlo durante todo el tiempo que haga falta. Soy paciente. Abro otra botella de vino y bebo, y mientras espero, rio por dentro.

     De un cajón saco una Walther P38 de nueve mm. Hay 8 cartuchos en el cargador. Siento el frio de las cachas de baquelita en la palma de la mano. No voy a huir. Voy a esperarlos, puedo hacerlo durante todo el tiempo que haga falta. Soy paciente. Abro otra botella de vino y bebo, y mientras espero, rio por dentro.

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