Hay momentos en la vida en los que tiene lugar un hecho que lo cambia todo, que marca un antes y un después y del que pocas veces somos conscientes cuando se produce. Tengo que remontarme a los acontecimientos del día de mi cuarenta cumpleaños para situar con exactitud el momento en que todo esto se desencadenó.

     Reconozco que no estuvo bien. Candela  no quería. Le dolía la cabeza, como siempre que yo tenía ganas. —Candela es una egoísta que solo piensa en ella. No se da cuenta de que  un hombre necesita desahogarse. El matrimonio es lo que tiene, ¿no?  Te da tus derechos. Los hombres tenemos nuestras necesidades, nos pasamos el día jodidos en el curro, y cuando volvemos a casa, lo único que pedimos es un poco de tranquilidad, un poco de comprensión y de complacencia. Lo último que esperamos es que  tu mujer te mire con cara de perro y te eche una bronca, como si hubieras matado al mismísimo  Jesucristo, solo porque llegas tarde y te huele un poco el aliento a alcohol—. Que era mi cumpleaños joder, que solo me había liado un poco con los colegas, que uno también tiene su corazoncito. No sabéis de que manera me toco los cojones. Y luego, cuando los niños se fueron a la cama y yo me puse un poco cariñoso intentado limar asperezas, me salió con lo de siempre: que no tengo cuerpo, que me duele la cabeza. «Pues si te duele la cabeza tómate una aspirina. Soy tu marido y es tu obligación, le dije, estoy harto de que me ningunees. Es domingo y toca». Me puse en plan grosero, lo reconozco, no estuvo bien, pero ella tenía que entender que estaba pasando una mala racha y poner un poquito de su parte..

     Esa noche, Candela se fue a dormir al sofá y apenas se hizo de día, metió su ropa y la de los niños en una maleta y me dijo que se iba a casa de sus padres. «Que te jodan, cabrón». Me escupió a la cara antes de salir dando un portazo.

     Me tumbé en el sofá y me dije: «Vete a joderla a casa de tus viejos, toca pelotas. Ya volverás. Solo tengo que sentarme y esperar». Me pasé el domingo ganduleando, bebiendo  cerveza y viendo porno en el ordenador sin que nadie viniera a hincharme las narices. La nevera estaba a rebosar de comida. Alitas de pollo barbacoa, ensalada de patatas, tiramisú… Tengo que reconocerlo, Candela en la cocina se lo monta de diez. Me hice un par de pajas. De repente era como cuando estaba soltero: nadie que me contara las cervezas que me bebía, nadie que me dijera que recogiera los calzoncillos  de encima de la cama. «Que te jodan a ti, Candela, que te jodan, que te jodan…».

     Creía que tan solo sería un arrebato. Un forma de chantaje para hacerme pasar por el aro. Eso es lo que suelen hacer las tías, ¿no? En estos tiempos ya no puedes ni llamar “histérica” a tu mujer cuando se enfada, porque se supone que es sexista. «Pues lo siento, Candela, eres una histérica y una amargada y como sigas así vas a acabar convirtiéndote en una maruja depresiva».

     Pero pasaban los días y no llamaba. «Mejor para mí, me decía». Al salir de la oficina no tenía prisa por volver a casa. Nada me impedía quedar con los colegas, irme de copas y acostarme tarde. Cuando acabé con todas las  existencias de la nevera empecé a alimentarme de pizzas y comida preparada. Hidratos de carbono y grasas saturadas. Me dije que tenía que organizarme, tampoco era tan difícil. Hice una lista y me propuse pasar por el Mercadona a la salida del curro. Pero por una cosa o la otra lo dejaba pasar. —No es lo mismo pensar en abstracto que hacerlo con intenciones prácticas—. Llamé un par de veces a Candela y hable con los niños. Ella no quería saber nada de mí.

     Luego, un fin de semana me llamó mi suegra. Si quería ver a los niños, podía recogerlos el sábado y dejarlos el lunes por la mañana en el colegio.  Cuando pasé a buscarlos, en sus caras se notaba  que el plan no les hacía puta gracia. Antes de volver a casa, pasamos por el Condís a comprar algo de comida: pizzas y salchichas, quesitos BabybelDoritos, galletas Oreo y leche, pero no  se ponían de acuerdo con los cereales y empecé a atacarme de los nervios. Me dieron ganas de darle una patada en el culo a la ecuatoriana con  shorts cortitos, que se lo reventaban,  que casi me atropelló con el carro en el pasillo de los congelados. Ni se molestó en disculparse. Para qué.  Vi que un negrata se metía un paquete de jamón ibérico envasado al vacío debajo de la camiseta. El tío se dio cuenta y ni se inmutó. Pensé decírselo a la cajera. Todo lo que roba esta gentuza al final acabamos pagándolo entre todos pero resultó que la cajera era una de esas moras con pañuelo. «Si digo algo, pensé, igual se vuelve en mi contra y acaban tachándome de racista, que entre ellos se protegen». Esta gente nos está invadiendo, acabarán haciéndose los dueños de todo.

      Los niños querían ir a McDonals  y luego se pasaron la tarde en el sofá mirando el móvil. Si les preguntaba cómo lo llevaban me respondían con monosílabos. Apenas me dirigieron la palabra durante el fin de semana. Se lo pasaron enganchados  jugando a Zap Zap,  actualizando sus páginas de Instagram,  mandando mensajes a sus amigos por WhatsApp , cualquier cosa menos dedicarle un momento a su padre. Sin Candela éramos como  extraños.

     El lunes, los dejé a las nueve en la puerta del colegio. Era increíble la mezcla que se formaba a la entrada. Aluciné. Las moras iban en pandilla con sus pañuelos y sus túnicas negras o color marrón caca de perro. Esas tías  se tenían que freír en esos trajes largos, que huelen que apestan, mientras sus maridos se paseaban con chanclas y pantalones cortos por las calles sin dar palo al agua. A las niñitas les colocan el pañuelo con diez años. Los hijos se saltan las clases,  se juntan en los parques a dar rienda suelta a su agresividad y, encima que son ellas las que cargan con el peso de todo, las obligan a llevar pañuelo como muestra de sumisión. Hay que joderse. ¡Son una raza de mierda, no me extraña que no los quieran! Mientras las personas de orden nos la pasamos currando como cabrones, todos esos moros están por ahí, llamándose a gritos y sin doblar el lomo, disfrutando de nuestras becas comedor y acaparando todas las ayudas sociales.

     —Quiero el divorcio—Me soltó Candela  a bocajarro el día que por fin se decidió a llamar. —Lo nuestro se acabó. Los dos sabemos que esto hace mucho tiempo que no funciona. No pienso seguir viviendo contigo, no pienso dormir contigo nunca más. Ya no quiero esa vida de mierda. Te lo pido por los niños, es mejor que cada uno sigamos nuestro camino.

     —Pero… Candela— le dije. — Piénsalo—. Las cosas estaban más jodidas de lo yo pensaba. Esto era más serio que una puta pelea, a Candela se le había ido la pinza— Está bien que últimamente he ido un poco a mi bola, he estado bebiendo demasiado y he tomado unas cuantas decisiones erróneas. Reconozco mi culpa, sé que no he sabido estar a la altura…

     — ¿Unas cuantas decisiones erróneas? Así justificas tú tus resacas…

     —Muy bien, si es eso lo que quieres, hazlo. Mándame los papeles que los firmo. Quédate en casa de tus padres, o dónde quieras, me importa una mierda pero piénsatelo bien, no creas que me voy a quedar aquí, de brazos cruzados esperándote.

     Cuando colgué estaba tan cabreado que echaba humo por las orejas. Si la hubiera tenido delante le habría dado una buena hostia. Un poco de mano dura para que entrara en razón. A las mujeres hay que darles y quitarles para conseguir manejarlas aunque, hoy en día, te tienes que andar con mucha mano izquierda.  Las tías están a la que saltan, a la mínima te ponen una denuncia por malos tratos y te joden la vida.

     «Joder, pensé, me he pasado media vida trabajando como un cabrón para que Candela y los niños tengan de todo con solo  abrir la boca, y ahora resulta que lo nuestro hace años que no funciona, que nuestra vida es una mierda.  «Pues…para mí como si te pudres, que te den…» Estaba harto de trabajar como una mula y que me lo agradecieran a patadas. «Muy bien, voy a demostrarte que no te necesito».

     Me tiré a la calle para que se me aireara el coco. —Es imposible andar por la acera sin tener que cruzarte con  tanta gentuza. Están en todas partes con sus mantas llenas de bolsos Gucci y Carolina Herrera falsificados. Le roban los beneficios  a los comerciantes de bien que pagan sus impuestos. Están en la puerta de las tiendas y a la entrada del metro con sus letreritos, que huelen de lejos a mafia rumana, pidiendo  limosna. Y el Mediterráneo,  vomitando pateras sin parar ahora que ha llegado el buen tiempo. Pero que se piensan, que esto es Jauja. Aquí ya nadie respeta las normas.  Yo soy un tío que cree en el orden y la estabilidad y que sabe que si desaparecen las reglas, todo sucumbe al caos. A veces me dan ganas de agarrar la escopeta de caza de mi viejo y liarme a tiros, como hacen los americanos. Irme a un centro comercial, dispararle a todos y mirar cómo se desangran, como corren a esconderse en los bares y en las tiendas con los pantalones meados. Toda esa gentuza de mierda, allí reunida, creyéndose que son como nosotros, quejándose de que no cobran ni el salario mínimo, pero es que no se dan cuenta que les pagan más de lo que se merecen. Y ahí están,  disfrutando de lo que nosotros hemos conseguido a base de esfuerzo… Me gustaría cargármelos a todos.

     Ya que estaba jodido, ¿porqué no disfrutar? La mejor forma que encontré de poder soportarlo, fue tomándome una copa y luego otra. En lugar de sentirme mal, acabé sintiéndome mal y borracho. Al final me lié y terminé la noche echando la pota en la casa de una calentorra que ni siquiera me ponía.

     Y así un día tras otro. Era mucho más fácil ponerme hasta el culo, apalancarme en una barra con los colegas que volver a mi casa, donde nadie me esperaba, donde los platos se iban amontonando en el fregadero y empezaba a oler a calcetines sucios. Era más fácil  huir hacia adelante que enfrentarme a la realidad estancada en que se estaba  convirtiendo mi vida.

     Empecé a meterme coca. Primero medio gramo, luego uno.  La coca me ayudaba a soportar toda esta mierda sin desmoronarme. Mis colegas empezaron a pasar de mí. « Vas muy heavy, tío, me dijo Paco, mi mejor amigo de la infancia. Búscate a otro. Yo no puedo seguir ese ritmo todas las noches. No quiero tenerlas con Paula» Ahora que había dejado de pertenecer al círculo de los casados, no me cogían el teléfono. También ellos me dejaban. «Iros todos a cargar, que sois unos rancios».

     Me di cuenta de que no me soportaba, que no soportaba casi nada. Fumaba demasiado, comía mal. Mi humor empezaba a dejar  mucho que desear y encima estaba echando barriga. —Eso de que la coca adelgaza es una mentira como una casa—. No me daba cuenta de que en realidad no disfrutaba. El mercado de los cuarentones estaba petado. Todas las tías follables estaban pilladas y bien pilladas, y las disponibles… ¡Puaj! a estas alturas estaba convencido de que las que no habían pillado a los cuarenta era porque venían todas con defecto de fábrica. Iba camino de  convertirme en un tío  deprimente yo también…

     Las cosas se agravaron cuando firmamos el divorcio y tuve que dejarle el piso a Candela y pasarle 600 euros de pensión por los niños. El problema es que me tuve que ir a vivir al apartamento de la playa. Me tenía que levantar dos horas antes para ir al curro y por las noches tenía que conducir dos horas mamado para echarme un rato en la cama. Empecé a meterme una raya para poder levantarme, unas cuantas a lo largo del día para aguantar a mi jefe y a los clientes y por las noches, bueno…por las noches, apenas me tomaba el primer whisky, ya ni las contaba. «Cuando quiera lo dejo, me decía, es solo hasta que supere lo de Candela». Mi cuenta corriente empezó a adelgazar en la misma medida en que yo me engordaba. El problema era que cuando llegaba a casa hecho mierda, en vez de dormir me ponía a llorar y me castigaba mirando su página de Faceebook. Candela estaba preciosa con esos vestiditos veraniegos que nunca le había visto. Su transformación había  sido tan rápida que no encontraba  la palabra que pudiera definirla. Se había cambiado el peinado y teñido el pelo de un rubio luminoso, nada de los tres centímetros de raíz que solía llevar antes. Con lo que le costaba sonreír, ahora era toda dientes blancos en la pantalla del ordenador. Su Faceboock echaba humo. Había fotos con Lorena. —Como odio a esa tía. Es la típica guarra que con la escusa de que es una mujer liberada, mete mierda en todas las parejas—. Candela la odiaba, pero ahora parecía que se habían hecho íntimas. ¿Y quién era un capullo que se parecía a Gerard Butler? Un guaperas sin talento, seguro, uno de esos tíos alérgicos a cualquier tipo de esfuerzo que se aprovecha de las tías.

     Me dolían las mandíbulas de tanto apretar los dientes.

     ¿Qué pensaría ella si me viera en esta situación? A estas alturas el pensamiento de Candela estaría a miles de kilómetros de mi persona. No había más que verla. Pero si me dedicara tan solo un segundo, diría que soy un inmaduro, el mismo niñato que cuando nos conocimos. Que todo lo que me ha estado diciendo estos años se ha cumplido. Era su marido, joder. Las cosas no se hacen de forma unilateral. Tenemos dos hijos en común. ¿Dos hijos…?  Descubrí que habían pasado el fin de semana con el guaperas ese en PortAventura. La cuestión era cómo lograr que los niños se interesaran por mí a estas alturas. Últimamente no los había visto mucho…

     Mientras Candela vendía en Facebook la imagen de una triunfadora, ¡hija de puta!, la mía, en el espejo, se iba deteriorando un poco más cada día. Estaba gordo, la ropa apenas me cabía. Había engordado más de diez kilos en los últimos meses. Tenía la cara abotagada, ojeras por la falta de sueño, la piel de un tono entre amarillento y verdoso y para colmo, no iba a tardar mucho en quedarme calvo. —Me las había pasado fantaseado  con hacerme un trasplante en Turquía cuando llegara el momento, pero ahora no me alcanzaba ni para comprarme un peluquín—. El esófago me ardía. Una ulcera fulminante me estaba destrozando el estómago. Me dije que tenía que cortar de raíz todo pensamiento que empezara por: si hubiera, si estuviera… No quería caer en la complacencia de compadecerme.

     Un día, me desperté tan hecho polvo que me quedé toda la mañana en la cama. El problema es que empecé  a faltar a mis citas y a dejar colgados a mis clientes. El problema dejó de ser un problema y se convirtió en un problemón cuando mi jefe me llamó a su despacho y me dijo que mi volumen de ventas había caído en picado en los últimos meses; que los clientes no dejaban de quejarse de mi falta de seriedad y que, en esas circunstancias, la empresa se veía obligada a prescindir de mis servicios. Estaba despedido y en la puta calle. El problema es que yo trabajaba para ellos como autónomo y ahora no tenía derecho a paro ni a ningún tipo de compensación.

     Pero  lo peor de todo fue que no me importó. Estaba hasta los huevos de vender cartuchos de tinta.

     No tenía trabajo, no tenía dinero, no tenía familia, pero tenía dos piernas y siempre había pisado fuerte. Esto es solo una crisis, pensé. —Los chinos creen que crisis equivale a oportunidad y los chinos son muy listos. No hay más que verlos. Pronto empezaría la celebración el año nuevo chino, el año de la rata, que significa abundancia. Y yo era rata.

     Me abrí un perfil en Linkedin, y esperé convencido de que me lloverían las ofertas, que como mucho, a principios de año tendría trabajo, pero pasaron las navidades y luego los reyes  y no pasaba nada. Para compensar, me metía unas rayas y me tomaba unas cervezas. A estas alturas ya sabía  que meterme y beber no ayudaba, pero sí que ayudaba. Meterme y beber era lo que hacía mientras decidía que hacer. Sabía que me estaba engañando,  así no iba a ningún sitio. Así acabaría chocándome de bruces contra una pared. Mañana lo dejo, mañana…. Era como si el mundo fuera como una planta atrapamoscas, era como si yo fuera una pobre mosca. Cuanto más forcejea, contra más me resistía, más me ahogaba.

     Nunca pensé que Candela me pudiera dejar tan solo al marcharse. Nunca dejes que se ponga el sol sobre una pelea, me decía mi madre, y no le hice caso. Los hombres no estamos hechos para vivir solos.

     Y entonces, lo que tenía que pasar, pasó. Una noche me quedé dormido al volante, me salí de la carretera y empotré el coche contra un pino. Siniestro total. Acabé con un chichón en la cabeza del tamaño de una pelota de tenis y una pierna rota, pero podría haber sido mucho peor. Sin coche, y lesionado, no me quedó otra que recurrir a mi madre. No sabéis la cara que puso cuando le dije si podía quedarme durante una temporada en su casa, solo hasta que vendiera la de la playa y encontrara un curro. La idea no le hizo ni puta gracia pero no le quedó más remedio. Suerte que se iba al pueblo a pasar los meses de verano. Esperaba que a su vuelta, en septiembre, ya tendría arreglados todos mis asuntos.

     Ahora tenía que andar con muleta. Ahora me temblaban las manos y la ulcera me estaba matando.

     El monitor no deja de parpadear: B049.  Mesa 16; L204, Mesa 7. Me está poniendo de los nervios.

     La L204 es la gorda rubia que está sentada a mi lado. Una gorda rubia con unas mayas apretadas y unos muslos repugnantes que va vestida como si fuera una tía buena cuando está hecha una vaca y que al pasar por mi lado me da, con toda la mala leche, en la pierna mala. Elefanta, hija de puta. Veo las estrellas. ¿Cuando me van a llamar estos cabrones? Parece que a los españoles nos dejan para los últimos. Miro a un lado y a otro de la sala de espera de la oficina de Empleo. En los bancos no hay más que  moros con zapatos sucios y sudacas que hablan por el móvil a voz en grito, como si estuvieran ellos solos. «Mantén la calma, me digo, respira hondo» ¿Qué cojones estoy haciendo aquí?

     Cuando por fin me toca, el tío de la mesa me dice que es necesario que actualice mi curriculum. «Hablas inglés, catalán…».  No, joder,  no tengo idiomas pero llevo currando desde los dieciocho ¿Importa? «Es un plus, me dice el muy cabrón removiendo su culo gordo en la silla. El mercado laboral se ha vuelto muy competitivo. Sería bueno que por lo menos tuvieras el nivel C de catalán». ¿El nivel C de catalán? Vete a tomar por el culo, gilipollas, sopla gaitas. Pero quién te has creído que eres. Estás ahí porque cobras de mis impuestos. Capullo. Yo soy quien te paga.

     Salgo de la oficina de empleo con un carnet que debo sellar por internet cada tres meses, un plan de búsqueda activa de empleo y un cabreo de la hostia.  Me cambio de acera para no cruzarme con dos chinos que vienen de frente cargados de paquetes. Lo único que me falta es pillar el coronavirus ese de los cojones.

     En la casa de mi madre me bebo la última cerveza que hay en la nevera. No me queda coca y no localizo a mi camello. Estoy que me subo por las paredes. Y encima es mi cumpleaños. «Un año ya, desde que Candela me dejó».

     A las tres me pongo las noticias de la tele. Ver lo que ocurre en el mundo me consuela. Pasan imágenes de las manifestaciones del 8M por todo el país.  Joder, esas tías son unas feminazis y una panda de bolleras que asustan. Joder, esa tía se parece a Candela. Joder, esa tía que agarra la pancarta y que se parece a Candela, es Candela.  Joder… «Ojalá te contagies, ojalá pilles el coronavirus». No la odio, en el fondo no la odio. La odio en el fondo y en la superficie.

     Ya no puedo caer más bajo, me digo. He tocado fondo, ahora solo me queda que remontar…

      No tengo ni puta idea de lo equivocado que estoy.

4 comentarios

  1. Has hecho que deteste a tu protagonista… me has provocado unas inmensas ganas de darle un par de hostias para que “despierte”… y mi absoluta comprensión y solidaridad frente a Candela.
    Eres decididamente excelente en los relatos, ninguno pasa sin dejar huella.

    Un beso.

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    1. Hola Alma
      la verdad es que este tipo es odioso aunque lo que realmente provoca es mucha lástima. Es un niñato, alguien que no ha crecido, que se engaña, que disfraza con prepotencia e intrasigencia su propia debilidad.
      Un beso, Alma. Me alegra que te haya gustado.

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